viernes, 11 de julio de 2014

Movimiento estudiantil


Van ya varios años de que comenzó cierto fenómeno estudiantil, que ha movilizado a tantos jóvenes. La exigencia de una mejor educación ha ido tomando diferentes formas y matices. Quizás poco tienen que ver las exigencias de los “pingüinos” de antaño con los pedidos de hoy, aunque hay un cierto espíritu común. Es así, como a lo largo de los años han aparecido banderas como “no al lucro” y “educación gratuita para todos”. Pero, más allá de posturas prácticas e ideológicas, y con todas las preguntas posibles, se puede afirmar que en todo esto hay un gran elemento positivo: Chile no solo quiere ser un país más rico, sino que también más fraterno y más justo, y esto pasa necesariamente por la educación.

Sin embargo, hoy quiero hablar de otro movimiento estudiantil. Se trata de un grupo no mucho más antiguo, pero sí bastante más discreto, alejado de los medios y sin lugar a dudas, ajeno a leyes y partidos políticos. Este fin de semana, cientos de jóvenes – quizás miles – parten a distintos lugares a lo largo del país a llevar una buena noticia. No van a hacer propaganda ni a vender nada. Son muchos los estudiantes, secundarios y universitarios, que dejan la comodidad de sus casas, o bien, renuncian a unas probablemente merecidas vacaciones, y durante una semana salen al encuentro de realidades ajenas a las suyas para compartir lo que son y lo que tienen. Estoy hablando de quienes parten rumbo a misiones y trabajos solidarios. Colegios y universidades se mueven para dar una mano en diversas comunidades o simplemente compartir lo más propio de cada uno, la fe. En otras palabras, contribuyen a construir a su manera un Chile más unido y más justo, un país solidario y fraterno.

Muchas veces se habla de que los jóvenes están perdidos, o que simplemente están “ni ahí”. No obstante, ver a tantos que están dispuestos a algo más, a dejar sus intereses por ayudar a otros, muestra que hay una juventud que se mueve por algo mejor. Quizás no se logre un gran cambio. Si hablamos con categorías como eficiencia y eficacia podríamos ver que los resultados no son muy alentadores. No hay duda que por más buena voluntad que tengan los voluntarios, al ocupar los criterios habituales con que se mide el progreso y el éxito, estas acciones quedarían bastante mal evaluadas. Además, muchas de estas actividades van en una dirección diferente a la que va la prensa. Me parece que en su mayoría acuden a lugares más bien olvidados por los medios, donde las necesidades hace rato dejaron de ser prioridad.

Si es así entonces, ¿Para qué hacerlo? ¿Vale la pena tal movilización o se trata tan solo de turismo social, un entretenimiento invernal de bajo costo? Creo que para responder a esto hace falta tomar distancia, quitarse las categorías habituales de evaluación y preguntarse por qué cada estudiante toma su mochila y saco de dormir, parte rumbo a pueblos que quizás nunca hubiese conocido y con gusto duerme en el suelo.

Me parece que en el fondo se trata – y con esto no se agota la reflexión – de que en el corazón de los jóvenes hay un anhelo de construir un Chile mejor. Y no solo eso, esta es la constatación de que hay una verdadera felicidad en el darse a los demás y poner el interés ajeno por sobre el propio. Posiblemente en el corto plazo no haya grandes resultados, pero estamos hablando de personas que a lo largo de su vida tendrán una mirada diferente acerca de qué es lo bueno, de dónde está la felicidad. Es una semana que enseña que es más lindo dar que recibir, y más aún, que muestra el valor de darse.

Lamentablemente es fácil que se olvide, y que luego de una semana tan distinta, la experiencia quede solo en eso, una experiencia distinta. Puede ser que con la vuelta a la rutina se olvide todo lo vivido. Sin embargo, creo que  puede haber una generación marcada por la solidaridad y que esto marque sus prioridades presentes y futuras. Y bueno, para mí en ese espíritu está Dios presente. Esto es precisamente parte de esta buena noticia que anuncian estos jóvenes con su vida: la belleza del darse.


domingo, 15 de junio de 2014

Yo creo en la roja


Empezó el mundial. No es que el mundo se detenga como muchos quisieran. Aun así todo cambia. Cambian los intereses, los tiempos y las prioridades. Los amantes del fútbol se desquician y los no tan futboleros comienzan a serlo. Todo, nos guste o no, comienza a girar en torno a la fiesta del “deporte rey”. Sea como sea el mundial es una realidad que nadie puede negar y que cada cuatro años se toma múltiples dimensiones de nuestra vida. Si bien no es raro que la sección de deporte de los diarios sea la más apetecida, durante este tiempo este particular suplemento toma dimensiones que podrían parecer absurdas, y la fiebre futbolera invade las demás secciones de los diarios y televisión, y para qué hablar de las redes sociales. Es dramáticamente evidente constatar que todo nos habla de Brasil 2014 con un sinfín de colores y formas.

Por otra parte, para quienes no les gusta (tanto) el fútbol, tienen el consuelo de que es solo un mes – pero claro, no cualquier mes – y son testigos, quizás de un modo especial, de cómo el mundo se une alrededor de este gran fenómeno. Hoy por hoy, el televisor toma un lugar privilegiado en millones de hogares, oficinas, bares, universidades, y por qué no, iglesias y seminarios. Habitantes de los más diversos países se reúnen para seguir lo que está ocurriendo en la tierra de la samba. Ciertamente no es una perfecta unidad, ya que cada uno hincha por su equipo y el avance de las rondas va dejando perdedores y ganadores. De esta manera, a pesar de la gran expectación que genera la copa del mundo y los millones – en todo sentido – que moviliza, esta agitación es pasajera; o como dicen por ahí: “es emífera”. Después del 13 de julio (día de la final) todo volverá a su cauce habitual y lo sucedido en Brasil será historia. Es así como algo tan grande perderá sin remedio su fuerza súbitamente.

No obstante, y a riesgo de parecer hereje, me pregunto si habrá algo más grande y universal que el mundial de fútbol; ¿Será acaso posible que haya algo que sea capaz de unir real y profundamente a los pueblos a pesar de las diferencias? O bien, simplemente podría preguntar si en medio de tanta conmoción mundialera queda algo de espacio alguien que parece tan ajeno al fútbol: Dios.

Vienen a mi mente las palabras “yo creo en la roja”. Esto refleja sentimiento que se vive en Chile. Somos millones de chilenos los que ponemos nuestra esperanza en un puñado de hombres que dan lo mejor de sí a pesar todas las dificultades y exigencias. Esta emoción es la que une a Chile durante tantas oportunidades y es capaz de romper barreras, pues no importa dónde sea, todos nos alegramos cuando Alexis mete un gol. No solo celebran los que van a plaza Italia, somos todos quienes disfrutamos los triunfos de la roja de todos. Pero quizás por vivir con tantos extranjeros, sé que este profundo sentimiento no es universal y que en cierto sentido es bastante limitado. Podría decir que “la roja de todos” no es efectivamente “de todos”.

Por cierto, yo creo en la roja. Sí, creo en la selección chilena y sueño con ver al niño maravilla levantando la copa en el Maracaná. Sin embargo, creo que hay algo más grande. Cada uno puede preguntarse en qué cree, qué es lo que le da sustento a su vida. Para mí, sin darme más vueltas, aquello le da sentido a mi vida y es capaz de unir a todos es la fe, la fe en una persona, la fe en Jesucristo. Esta fe no viene temporalmente cada cuatro años y no hay que clasificar para obtenerla, y afortunadamente estamos todos invitados a participar. La fe nos une y no es necesario ser chileno.

Que en estos días, así como todo nos habla del mundial, que lindo sería que todo pudiera hablarnos de Dios. No hablo de catequesis en todos los matinales y que las noticias hablen solo del Papa. Pero sí pido que el mundo nos hable más de lo bueno que hay en el hombre, que alimente nuestra esperanza en el mañana y nos anime a ser más hermanos entre nosotros. Si todos sabemos lo feliz que nos hace tener una familia, que el mundo nos aliente a cuidarla y con ella cuidar la vida de todos sus miembros. Que hagamos a Dios presente en nuestra vida y que no sea solo un mes cada cuatro años, aunque quizás eso sería un gran avance.

Yo creo en la roja, pero creo aún más en Cristo, signo del amor de Dios a  los hombres, sean o no futboleros.