jueves, 9 de junio de 2016

Vergüenza nacional

Hoy sucedió, a mi juicio, algo terrible y triste. La verdad más triste que terrible. No es primeramente porque hayan destruido una imagen o hayan profanado un lugar sagrado. En un comentario que leí en facebook alguien comentaba: “Es una imagen que no ve y no escucha. Jesús vive en tu corazón y aunque destruyan todas las iglesias seguirá en tu corazón. Recuerda que tú eres su templo, en ti vive”. Y creo que es cierto. Jesús decía que antes que el templo como edificio estaba él mismo, él es más importante que un edificio (cf. Jn 2, 19-21). Y es cierto, la Iglesia es más importante que una iglesia.

No obstante, es triste ver cómo se violenta algo que para muchos es sagrado. No se daña simplemente una imagen o un edificio, sino que se ataca lo más íntimo de la fe cristiana, se atenta – aunque sea simbólicamente – contra Jesús mismo, a quien los cristianos amamos y seguimos. No se está discutiendo una ideología, se violenta una persona y no cualquiera. Lo de hoy es semejante a lo que ocurrió el primer Viernes Santo hace unos dos mil años.

No juzgo a los encapuchados, aunque ciertamente repudio lo que hicieron. Seguro Dios sabe lo que hay en sus corazones y por qué lo hicieron. Tal vez no sabían lo que significaban sus acciones al igual que los soldados romanos. Por eso Jesús dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 24).

Ahora bien, destaquemos lo positivo. En diversos medios he podido ver reacciones que no son planificadas. No son parte de un plan mediático programado, sino que son manifestaciones que brotan de lo hondo del corazón de los fieles, son respuestas que nacen de una fe herida y apenada que como alguien escribía en facebook: "Afectan al movimiento estudiantil con su actuar y hacen que a nosotros, los cristianos, nos duela todo de pura pena". Y ciertamente, sus palabras son más sentidas que reflexionadas. 


Hoy todo el pueblo chileno se entristeció por un acto vandálico que se da en el contexto de una marcha llena de buenas intenciones. Los cristianos nos entristecemos aún más porque violaron lo más sagrado que tenemos, nuestra fe y atacaron – quizás sin quererlo – a la persona más importante de nuestras vidas: Jesucristo.

Sin embargo, que bueno que así sea. No me alegra lo que pasó en la iglesia, me alegra lo que está pasando en La Iglesia. Qué bueno que nos duela, acongoje y moleste cuando agreden algo que teóricamente es tan importante para nosotros los católicos, pues significa que esto constituye algo realmente importante para nuestra existencia. No es careta, es un dolor sincero que nos lleva a unirnos como Iglesia y a anunciar nuestra fe.

Es una pena que tengan que ocurrir cosas así para que expresemos más manifiestamente nuestra fe. No obstante, la tristeza disminuye al ver que la Iglesia crece. “La única iglesia que ilumina es la que arde” vi que alguien comentaba en facebook. Es cierto, la Iglesia que arde por Cristo, que se entristece y encoleriza cuando arremeten contra él, ciertamente ilumina y brilla en medio del mundo como el mismo Jesús nos decía: “Ustedes son la luz del mundo” (Mt 5,14). Que su luz brille hoy en nosotros en este oscuro momento, pues en esa luz aparece Cristo más vivamente.

domingo, 29 de mayo de 2016

Una pausa [creadora]

Hace unos días leí una columna que compartió un amigo en facebook. Hablaba del otoño y decía: 
"Para mirar y aprender de las alfombras de hojas, hay que tener tiempo. ¿Y quién tiene hoy tiempo? No tenemos ni tiempo para detenernos para entender que nosotros mismos somos el mismo tiempo que se nos va. En estos días vertiginosos, en que malgastamos la poca vida que nos fue dada en tacos interminables, en correr de asunto en asunto, de “evento” en “evento” como sombras, y en que hemos dejado de vivenciar la vida como el mayor acontecimiento de todos, es bueno arrimarse a un árbol de otoño..."
Y es cierto. Vivimos con prisa y pretendemos que esto hará que nuestra vida sea mejor, pero es justamente esta actitud lo que juega en contra. De hecho, yo mismo pensaba escribir esto hace casi un mes, pero “no he tenido tiempo”. Actualmente vivimos quizás el doble que generaciones anteriores, pero ¿vivimos mejor? ¿Vivimos bien al menos?
Creo que es urgente hacer una pausa. Es simple, pero no fácil, pues la vida nos come y sin embargo, somos nosotros los que debiéramos llevar las riendas de nuestra existencia. No obstante, a menudo las cosas no son como debieran.
A veces las pausas son involuntarias, son por causa de una enfermedad o algún acontecimiento que no teníamos programado. Aun así nos ayudan a mirar el mundo de un modo diferente. No hace falta ser muy inteligente para reconocer que no es necesario que pase esto. Podemos parar por nuestra propia cuenta.
¿Qué hacer? Mi propuesta es simple: huir y contemplar. ¿Dónde ir? a un lugar tranquilo, a la naturaleza, al mar o simplemente a una plaza o un parque camino del trabajo.
Huir. Dejar lo que estamos haciendo. Es cierto que puede ser muy importante, tal vez urgente. Quizás sea más claro hablar de tomar distancia. Pero, ¿alejarnos para qué? Para contemplar.  Parece una palabra complicada, pero es más sencilla de lo que parece. Se trata de mirar de un modo distinto, con calma y perspectiva. Contemplar nuestra vida y verla con otros ojos. Quizás simplemente verla, pues a menudo no reparamos en lo que hacemos.
En la pausa, y este es el punto, nos situamos frente a nuestra vida de un modo distinto. Podemos mirar todo lo bueno que nos ha pasado y dar gracias por ello. Nos sorprenderemos al ver que la lista es más larga de lo que esperamos.
También podemos detenernos en aquello que no ha salido como esperábamos. Pero no nos quedemos en lo negativo, hay que ir más allá. En todas esas cosas malas – que siempre hay, nos guste o no – aparecen pequeñas o grandes cosas buenas que se escondían a nuestra vista. Alguien que nos ayudó a salir adelante o algo valioso que aprendimos. Así lo malo es menos malo, aunque pueda no haber valido la pena. 

Haciendo una pausa y mirando con fe podemos ver, en lo bueno y junto a lo malo, a Dios que se hace presente en nuestra vida. Nuestro problema es que andamos tan apurados que pasamos de largo y Él está ahí esperándonos sin que lo veamos. 


miércoles, 23 de marzo de 2016

Me amó y se entregó por mí

Empezó la Semana Santa. Para muchos – tal vez para la mayoría – esto no es mucho más que sinónimo de tener unos días de descanso. También puede ser una buena excusa u oportunidad para darse un festín de pescados y mariscos pasado mañana (lo cual ciertamente no es el sentido del viernes santo). No obstante, para los cristianos estos días representan el centro de nuestra fe.

Sin embargo, la Semana Santa no quiere ser algo abstracto, algo ajeno a nuestra vida y que simplemente recordamos con devoción. No es solo un feriado más, sino que se trata de un acontecimiento que tiene consecuencias concretas en nuestra vida. No solo rememoramos, sino que actualizamos el misterio Cristo en la Cruz. Esto no es sólo algo que pasó allá lejos, en un pasado remoto, sino que también ocurre acá, en nuestra vida.

Me amó y se entregó por mí (Gal 2,20). Esto es lo que recordaremos este Viernes Santo. La realidad es compleja y tiene sus matices. En esta diversidad podemos encontrar a muchos que nos amaron y se entregaron por nosotros. No tiene que ser necesariamente una entrega hasta la muerte, pero si una muerte al propio yo.

Me explico. Se trata de mirar la cruz desde una nueva perspectiva, una más personal. No es la única, pero es nuestra perspectiva. Es una invitación a reconocer a todos aquellos que han renunciado a un poco de sí mismos por nosotros y lo hicieron tan solo por amor. Pueden ser nuestros padres, profesores o amigos. Pueden ser grandes cosas o pequeños actos cotidianos. Que en estos días podamos pasar por el corazón a todos aquellos que me amaron y se entregaron por mí 

Del mismo modo, en nosotros mismos cada vez que renunciamos a nuestros intereses por un por otro gratuitamente. Son momentos simples, pero profundos. Basta, por ejemplo, renunciar a nuestro tiempo libre para ayudar a un amigo, cambiar unos días de vacaciones por misiones o trabajos voluntarios o cualquier cosa nos permita entregarnos por otros con amor desinteresado. Son esos momentos en que amé y me entregué por otros. En momentos como estos se hace presente el misterio de amor de la cruz.

Finalmente, y esto es lo más importante, hay alguien que se entregó hasta la muerte por nosotros. Es Jesús, el hijo de María. Que todo lo anterior nos ayude a acercarnos al misterio de la cruz no solo como espectadores de un sacrificio ajeno, sino que al ver en nuestra vida a aquellos que se han entregado por nosotros podamos mirar la Cruz de Cristo y reconocer que él me amó y se entregó por mí (Gal 2,20).

martes, 23 de febrero de 2016

Empezar de cero



Se trata de esa relación con Dios. Un día sí. Un día no. Hay días mediocres y otros en que Él brilla por su ausencia. Hay también, para algunos, días en que todo es Dios. No es necesario ir de retiro, simplemente todo nos habla de Él.

El inicio del año siempre es una buena ocasión para dejar cosas atrás. Puede ser la vuelta de vacaciones, un cambio de trabajo, una nueva relación o un cumpleaños. Quizás sea una oportunidad para mirar la vida desde otra perspectiva.

Es cierto que muchas veces se nos presenta el imperativo de la religión. Es esa exigencia que parece más cercano a las abuelas o señoras piadosas, pero que en el fondo todo cristiano tiene. Bueno, unos más que otros. Es que muchas veces acercarse a Dios se nos presenta más como un deber que como un deseo. Se parece más a un cumpleaños de un pariente al que hay que asistir solo por obligación y en que ni siquiera se come bien.

Sin embargo, eso es más de los hombres que de Dios. Él no obliga. Simplemente llama, golpea la puerta, toca el timbre, pero no hostiga. Dios no se vende. Simplemente viene a nuestro encuentro y si no le abrimos no se enoja y, aunque se entristece, no te llena de spams.

Va muchísimo más allá del “queridos hermanos y hermanas” del cura del domingo o el encuentro con alguna monjita. Se escucha en cosas tan simples como cuando un amigo dice “tienes un minuto”. Es que Dios nos sale al encuentro, como diría Francisco, en todo y en todos.

Eso es lo lindo. Podemos mirar hacia atrás, quizá el mes, el semestre o el año. Basta con mirar la semana, o incluso el día de ayer, para ver cómo vino Dios, golpeando nuestra puerta y lo dejamos afuera. En la palabra de aliento, en el buen consejo, en la ayuda desinteresada o en la cerveza con los amigos. Quizás no lo escuchamos, o tal vez no queremos que entre. Sea como sea, Él está ahí, esperando, diciéndonos cada día que es posible volver a comenzar, empezar de cero.

Sin embargo podemos ver cómo muchas veces le abrimos sin darnos cuenta. Es el Dios que venía con buenas noticias y alegrías, que llegaba con los seres queridos y nos llenaba el corazón. Es por eso que es una relación de cada día y que nos invita a buscarlo, a reconocerlo. A veces es suficiente con hacer una pausa y ver que estaba ahí. Así de simple.

Sea como sea, Él espera. Espera que le abramos y le demos una nueva oportunidad. La buena noticia es que nunca nos deja de dar oportunidades, nos dice una y otra vez, como canta Luis Ramiro, te vendré a buscar, para volver a empezar de cero

martes, 8 de diciembre de 2015

En la Inmaculada


Hoy se acaba el Mes de María y termina con una fiesta que nos recuerda que no somos inmaculados. Esto no es una crítica ni un comentario pesimista, sino que una realidad. Es parte de nuestra naturaleza el cometer faltas, muchas veces sin darnos cuenta, y la Virgen María viene a ser la excepción que confirma la regla. No obstante, es más que una excepción.


Desde ayer en la noche cientos de ciclistas pedalean hasta el santuario de Lo Vásquez y cerca de un millón de personas peregrinan a este santuario mariano, y esto no es una exageración .  Del mismo modo miles y miles de personas, en distintos lugares del mundo, acuden a los pies de la Virgen que abre sus brazos para recibirlos con sus penas y angustias, con sus alegrías y esperanzas, para acoger sus peticiones y sueños ¿Qué más nos dice esta fiesta? ¿Qué hay en medio de tanto movimiento? 

Nos dice que acudimos a Ella porque queremos parecernos a Ella. En María vemos una mujer especial, fuente de consuelo y felicidad. Ella es un ejemplo de vida, por eso nos acercamos, para que se nos pegue algo de su bondad. En el fondo hay un anhelo en el hombre de ser cada día mejores personas.

Es cierto que no somos inmaculados ni perfectos, pero nos damos cuenta que nuestras faltas afectan a otros y que en la medida que dejamos de lado el mal vivimos más libres y contentos. No pienso en cosas muy elevadas. Por ejemplo, si somos más amables la gente nos tendrá más aprecio. Son detalles muchas veces, pero los detalles hacen la diferencia

En este deseo de ser mejores Dios se hace presente. Por eso nos regala el ejemplo de María, la Virgen Inmaculada. Pongámonos a sus pies para que ella nos regale un poco de su bondad, para que seamos cada día un poquito más semejantes a la madre de Jesús.