viernes, 30 de octubre de 2015

En una cerveza


Hay que compartirAsí enseñan, y con justa razón, las tías del jardín a los niños. Es que el egoísmo es para todos algo malo, aunque en la práctica muchas veces caemos en él. Por lo general lo hacemos sin querer y sin darnos cuenta. Aun así, es fácil estar de acuerdo en que en el trato con el otro como un tú hay algo que nos hace bien, que nos plenifica, o al menos, que nos alegra.

Juntándonos a comer o a tomar algo – con moderación y responsabilidad claro, pues esto no quiere ser una justificación para los excesos – podemos sentir una linda satisfacción. Es cierto que lo que se comparte ayuda y que si se realiza en medio de un matrimonio o cumpleaños puede hacer que la alegría sea mayor. Sin embargo, ya sea con una cerveza, un vaso de coca, una hamburguesa o incluso una canción; la compañía no es accidental. Sea en familia o con los amigos, no importa si es un pequeño evento o una gran celebración. Todo suma.



Pongamos el acento en las personas. La cerveza, por ejemplo, es medio y fin. Es rico disfrutar una buena pilsener, y si es artesanal mejor aún. Las bondades del fruto de la cebada son muchas. Gracias a esto la bebida y la comida son una buena excusa para reunirse.

Es que si bien la comida congrega, lo importante es esto último, el congregarnos. No es lo mismo hablar por wasap o vernos en instagram. El trato directo y personal, sin tecnología de por medio, es diferente. El caso es que en el compartir se da algo especial, que antes que intentar describirlo, cada uno puede indagar lo que esto significa a partir de su propia experiencia.

Y como Jesús era humano, tuvo muchos encuentros. Él mismo dijo a sus discípulos que ya no los llamaba siervos, sino amigos (Cfr. Jn 15,15), y esto lo hizo luego de sentarse a la mesa con ellos. Por mi parte, recuerdo mis últimos encuentros con mis amigos y, antes que la comida, lo bueno es que fue con ellos. El lugar y la comida, aunque ayudan bastante, no es lo más importante.


Sigamos. “No es bueno que el hombre esté solo” (Gn 2,18). Creo que esto va más allá de la relación varón-mujer. Es que el hombre está llamado a la comunicación, con los iguales y con los que no lo son tanto. Las personas semejantes nos muestran que hay otro que comparte lo que somos y en aquellos que son diferentes vemos que hay una realidad distinta a la nuestra que nos abre horizontes. Ciertamente no hay nadie totalmente extraño, o bien, exactamente igual.

Francisco nos dice que “la apertura a un «tú» capaz de conocer, amar y dialogar sigue siendo la gran nobleza de la persona humana” (LS 119). Esta apertura propia del hombre se manifiesta cuando me abro y comparto con el otro, de igual a igual. Es en este encuentro, en toda la riqueza del otro, donde Dios se manifiesta regalándonos su alegría, sacándonos de nosotros mismos para ver lo bueno que nos regala el otro. Cerrarnos a los demás le quita belleza a la vida.

No se trata de una separación radical entre quien lleva y quien recibe a Dios. Todos llevamos y recibimos a Cristo en el otro, en su bondad y virtudes. Más precisamente, Dios se hace presente en ese encuentro. Es más que una suma, la alegría se multiplica cuando se comparte, y si es con algo rico de por medio mejor aún. 

viernes, 11 de septiembre de 2015

La paz que todos queremos


Sin duda que hoy, 11 de septiembre, es un día que nos recuerda el valor de la paz. No es solo ausencia de guerra o violencia, sino que requiere una cierta armonía con uno mismo y con el mundo. Es triste pensar que haya un día en que la violencia está, en cierto sentido, permitida o justificada para algunas personas.

Por otro lado, la paz no es solo un tema social. “Muchas personas experimentan un profundo desequilibrio que las mueve a hacer las cosas a toda velocidad para sentirse ocupadas, en una prisa constante que a su vez las lleva a atropellar todo lo que tienen a su alrededor” [1]. Así Francisco nos cuestiona a un nivel personal y cotidiano respecto a nuestro estilo de vida. De este modo no se relaciona solo con aquello que ocurre en medio oriente o lo que quedó en el pasado.

El día de hoy no muestra que en nuestra historia la paz se ha visto interrumpida. La caída de las torres gemelas o el golpe militar en Chile son momentos críticos que muestran cuán valiosa es esta paz. La violencia sin duda una manifestación, pero no es la causa última ¿Dónde está la raíz?

Los hippies lo decían amor y paz. Los franciscanos usan el saludo paz y bien. En distintos momentos y culturas la paz es un bien preciado, posee un valor en sí misma. No hay duda que la paz trae consigo muchos beneficios, nos permite trabajar, crear, reír. Es un deseo humano arraigado en lo más íntimo del hombre. Incluso cuando se intenta justificar el uso de la fuerza – aunque no pretendo juzgar esta postura  – es en miras de tener un mundo más apacible.  

Uno de los ideales de la revolución francesa era la fraternidad. No es solo respeto o justicia, se trata de estar en armonía con el otro, lo cual exige reconocer su dignidad, su valor, sin ponerse por sobre los demás, sino que valorar la riqueza del prójimo, no por sus capacidades o méritos, ni tampoco por lo que posee o es capaz de producir, sino que simplemente porque es persona, al igual que uno. Si el otro no es valorado, la paz se ve amenazada. Se torna una paz utilitaria, la cual se solo mantiene en la medida que conviene a mis objetivos.

Así como Gandhi y Mandela buscaron. Jesús también lo hizo. Antes de partir al cielo le dijo a sus amigos: “La paz les dejo, mi paz les doy” (Jn 14, 27). En ocasiones en que la concordia escasea, cuando se ve amenazada, Cristo es fuente de paz y tranquilidad. Pero no solo eso, también en la paz encontramos a Dios que nos sale al encuentro. Él quiere un mundo pacífico, esa es la imagen del paraíso y un deseo del hombre. Todos los hombres – dice el papa – “estamos llamados a ser los instrumentos del Padre Dios para que nuestro planeta sea lo que él soñó al crearlo y responda a su proyecto de paz, belleza y plenitud [2].

Ponerse al servicio de otros es el camino que nos muestra Jesucristo. El ideal de armonía, de justicia, de fraternidad y de paz que propone Jesús está en las antípodas de semejante modelo [de dominación], y así lo expresaba con respecto a los poderes de su época: «Los poderosos de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. Que no sea así entre vosotros, sino que el que quiera ser grande sea el servidor » (Mt 20,25-26) [3]".

Dios se manifiesta en la paz. Dios nos da su paz y nos convida a contribuir, no solo en Siria o Palestina, sino que también en nuestra vida diaria, con nuestros hermanos. Muchas veces es más fácil pelear, pero la invitación es a ser grande en servicio al hermano, según el ejemplo de quien se entregó por entero.




[1Laudato si’ 225.
[2] Ibíd. 53.
[3] Ibíd. 82

jueves, 25 de junio de 2015

¿Queremos ganar así?

Antes que todo, quiero que quede claro que siempre he querido que Chile salga campeón. Aun sostengo que creo en la roja. Sin embargo, el partido de ayer me dejó con un gusto amargo. En realidad salí contento del partido. Digo 'salí' no porque haya ido al estadio, sino que porque al terminar el partido mi único sentimiento era de alegría por haber ganado un partido difícil y con buen fútbol ante un rival complicado. Salí satisfecho, no solo porque no nos hicieron la uruguaya - recordaba el amistoso del año pasado en el Monumental - sino que además porque Chile hizo partido inteligente, con buen fútbol y con un rendimiento fuera de lo normal de muchos jugadores. 

Lamentablemente, después del partido, en vez de irme a dormir, vi la prensa y recibí muchos mensajes que mostraban claramente "la gracia" de Gonzalo Jara. Está bien, ganamos, pero ¿es lo nuestro? ¿está bien ganar de ese modo?

Alexis Sánchez, a quien cada día admiro más especialmente por lo que muestra fuera de la cancha, decía que un jugador uruguayo le pedía perdón por los golpes, pero que "era su juego". Yo me pregunto ¿cuál es nuestro juego? Hasta hace algunos años eramos uno más, un equipo que tan solo participaba. Ahora tenemos personalidad y, desde Bielsa, Chile sale a buscar resultados y proponer algo. Pero con lo de Jarita nos vamos para un lado que no me gusta y que muchos critican. Así como morder a un jugador o los chanchullos de Grondona, esto no cabe dentro de 'las cosas del fútbol'. Es precisamente lo contrario, es aquello que empaña y ensucia algo tan, pero tan lindo. 

Miremos con detención. Aquí hay algo de fondo, la famosa frase acerca de que el fin no justifica los medios. Y creo que tiene razón. No podemos ganar a cualquier precio. Esto es lo mismo que todos los chilenos criticamos en casos como PENTA o SQM, con la única diferencia en que en este caso Chile sale beneficiado. Se trata de aprovecharse de las circunstancias y actuar ilícitamente mientras no te están viendo, sin valores ni principios de por medio. Es cumplir las reglas, jugar limpio, solo si me pillan. 

Yo creo en la roja, creo que tenemos una selección excepcional y que es capaz de lograr grandes cosas sin necesidad de jugar sucio. Desgraciadamente perdimos esa posibilidad. Ahora tenemos las manos manchadas por el gesto poco noble de uno de los nuestros, uno que nos representa, no es 'solo él' cuando viste la roja.  

¿Cómo no hablar del choque de Vidal? Entiendo que hay que perdonar los errores, Jesús mismo lo enseñó con su vida. Pero también me parece el amor también educa, por lo que no se puede continuar como si nada hubiera pasado.  Lo que pasa en el caso del rey Arturo, entre muchas otras cosas, es una disociación entre vida, valores y fútbol. Es tomar demasiado en serio la expresión 'lo que pasa en la cancha se queda en la cancha'. 

Afortunadamente, hay cosas rescatables y valorables en medio de todo esto. La complicidad y sentido del humor de Gary Medel, los gestos de agradecimiento y apertura hacia los demás de Alexis Sanchez, junto a lo que hacen en la cancha, nos dan clases y nos muestran lo bueno que han en el fútbol más allá del mismo. Incluso que Sampaoli haya perdonado un error de Vidal es signo de que el fútbol así como humano tiene algo de divino, y que las cosas no quedan solo en la cancha, sino que trascienden personas y realidades. Significa que lo bueno, que Dios mismo, no puede quedar totalmente fuera de una de las cosas más bellas del mundo: el fútbol.



miércoles, 10 de junio de 2015

Copa América 2015


Mañana empieza la Copa América y Chile vuelve a soñar. En medio de tiempos revueltos en política y educación, el fútbol ocupará parte importante de nuestra atención. Es así como este jueves reviviremos en parte lo que fue el mundial y una vez más quiero expresar que creo en la roja.

En Brasil estuvimos a punto de lograr una gran hazaña y lamentablemente no se pudo. Sin embargo, quedamos con un sano orgullo por lo mostrado, un juego que propuso y que nos hizo pensar que eran posibles cosas grandes. Los jugadores dieron lo mejor de sí, pero no fue suficiente. Ahora tenemos una ocasión para la revancha. Dentro de los próximos días tendremos la oportunidad de quitarnos el gusto amargo que nos dejó una la derrota apretada.

Si tras el mundial la fe del pueblo chileno se desmoronó, ahora tenemos motivos para volver a soñar. Todo el mundo fue testigo de que los milagros existen, como lo fue el triunfo frente a España, campeón de Sudáfrica 2010. Ciertamente no son milagros en estricto rigor. Los goles no cayeron del cielo, sino que fueron fruto del esfuerzo y dedicación de muchos, incluso a pesar de que los pronósticos eran desfavorables. En este caso va más allá de los jugadores y del técnico. Se trata también de los miles de hinchas que estaban alentando en el estadio y los millones que seguíamos el partido a la distancia.


Esto muestra lo que es la fe: creer en algo no por las razones, aunque parezca difícil. Claro que hay motivos para confiar en la selección, pero nuestra esperanza en Alexis, Arturo y compañía va mucho más allá. Sin duda, durante estos días la fe de los chilenos vuelve a emerger. Se trata un fenómeno que supera la lógica y los pronósticos, que aunque parezca imposible no lo es. Y, durante este mes tan particular, todos seremos testigos de que la fe es algo humano y casi tangible.

No obstante, se dice que vivimos en un mundo sin fe, pero ¿es realmente cierto? Me parece que no y el fútbol da cuenta de ello. Tan solo nos falta darle espacio, entenderla como parte de la vida. Verla como algo más natural de lo que se la considera. Así como en el deporte rey, el mundo está lleno de fe y también de milagros del día a día, cotidianos. Es increíble ver cuántas personas entregan por otras sin esperar nada a cambio, que trabajan por hacer del mundo un mejor lugar, sin importar raza o religión.


Ahora solo queda esperar nuevos milagros aquí en casa. Y es en esta fe sencilla donde hay un espacio para que Dios aparezca

domingo, 10 de mayo de 2015

El Mar
















Sin duda que es un privilegio hacer una pausa y huir a la calma que ofrece nuestra extensa y estrecha costa. En el horizonte aparece un océano que de pacífico poco tiene, pero que aun así aquieta el corazón y despierta en nuestro interior un sentir que en nada se parece a lo que suscita a diario el estruendo de la ciudad

Lejos de aquello que en verano fue música, movimiento y calor, hoy se muestra “el mar de cada uno, amenazante y encerrado: un sonido incomunicable, un movimiento solitario”[1]; quien sin necesitarnos, nos llama. Si en la época estival el cielo nos deslumbró, ahora es el azul extenso nuestro protagonista.
Lejos de preocuparse por lo que ocurre en cortes lejanas, pasear por la playa nos regala, a pájaros y caminantes, una sensación única.  El viento revitaliza y refresca, la arena obliga a calmar el paso y mirar la vida con otros ojos. El rugido de las olas serena el alma y su silencio – que grita armoniosamente – invita a pensar. Así, con su inmensidad, el agua se disfraza de infinito invitando a contemplar una belleza sin igual y que hasta exige dar gracias por la creación, a la que también llamamos mundo, que es lo mismo, pero no es igual.

Fue precisamente a orillas del mar de Tiberíades – y no creo que haya sido por mera casualidad – donde se manifestó al amanecer Jesús resucitado a sus discípulos, quienes,  como nosotros, no lo pudieron reconocer (Cf. Jn 21).   


El asombro frente al mar nos transporta a una dimensión que fácilmente podemos llamar religiosa. Neruda nos cuenta como fue su primera vez frente al vasto campo salado. “Cuando estuve por primera vez frente al océano quedé sobrecogido. Allí entre dos grandes cerros (el Huilque y el Maule) se desarrollaba la furia del gran mar. No solo eran las inmensas olas nevadas que se levantaban a muchos metros sobre nuestras cabezas, sino un estruendo de corazón colosal, la palpitación del universo[2].

Es así como el mar se vuelve sacramento. Los sacramentos, decía Boff[3], – en un sentido amplio del término - no son propiedad de la Iglesia, son constitutivos de la vida humana. Por medio de ellos podemos percibir que Dios está siempre presente en el mundo. Así, el sacramento es una señal que contiene, exhibe, rememora, visualiza y comunica una realidad diversa de ella, pero presente en ella. Es bueno para el corazón. Alimenta el espíritu, y no el cuerpo. (...)  El mundo sin dejar de ser mundo, se transforma en un elocuente sacramento de Dios: el mundo, el hombre, cada cosa, señal y símbolo de lo trascendente.

Si tan solo contemplamos y nos dejamos invadir por la inmensidad del mar, quien tan solo nos muestra su piel, sin necesidad de entrar en él, nos sumerge en un misterio. Aquello que sentimos frente a él, se asemeja a la experiencia de Dios vivo, quien se hace presente como sacramento en el frío e inconmensurable azul.




[1] Pablo Neruda, Confieso que he vivido.
[2] Ibídem.
[3] Leonardo Boff, Los sacramentos de la vida.