miércoles, 30 de octubre de 2019

Sin odio ni violencia: paz y justicia para Chile

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En Chile, poco a poco, se ha ido ahondando en el problema social que, sin ser nuevo, se ha vuelto una novedad que salta a la vista de todos. Me da la sensación que se ha convertido en la polarización más radical de Chile tras la vuelta a la democracia. Lejos de buscar aunar miradas y buscar consensos, me parece que la sociedad, en estos días, se ha ido dividiendo entre quienes buscan la paz y los que buscan la justicia. Sin embargo, ¿es sostenible esto para un cristiano?

Pienso en el Antiguo Testamento. La creación de Dios estaba bien (cf. Gn 1), había paz. La violencia aparece después. Caín mata a su hermano Abel (cf. Gn 4) y comienza un espiral de violencia que culmina con el mal esparcido sobre toda la tierra (cf. Gn 6, 5-6). El diluvio viene a ser un nuevo comienzo, un quiebre de una violencia ascendente. Lejos de terminar todo ahí, Dios ofrece nuevamente la posibilidad de estar en la cercanía del hombre (cf. Gn 9, 8-17). 

Jesús también se distancia de la violencia. No es un zelote. Su reino no es de este mundo (cf. Jn 18,36). Su método no es contraatacar, sino que llama a poner la otra mejilla y a hacer el bien, incluso a perseguidores y difamadores (cf. Lc 6, 27-31). Él mismo, en vez de defenderse violentamente ante la injusticia (cf. Jn 18, 10-12) se entregó mansamente como un cordero (cf. Hch 8,32). Para Jesús la violencia no era opción y para sus seguidores tampoco puede serlo. 

Que nuestra posición política no nos impida denunciar la violencia, venga de donde venga. Sean saqueadores o uniformados. Sea física o verbal. ¿No es violencia insultar constantemente a las  autoridades y fuerzas públicas? ¿No es violento atacar a los manifestantes pacíficos e indefensos?  ¿No es violento desear la muerte de delincuentes o del mismo presidente? Para qué hablar de saqueos e incendios. No importa si es con carteles, cantos, gases o municiones. Es cierto, en todo esto existe un tremendo claroscuro que impide juzgar adecuadamente, además está el (debatible) uso legítimo de la fuerza. Pero esto no impide el denunciar la violencia sin importar su procedencia o intención. 

Por otro lado, hay quienes han dicho que la mayor violencia es la desigualdad económica reinante y evidente que existe en Chile. No busco discutir la verdad de este pensamiento ni hacer análisis políticos ni económicos. Tan solo me pregunto qué diría Jesús ante la inequidad actual, la cual, libre de matices, es un hecho hoy ineludible

El profeta Amós en el antiguo Israel ya criticaba las injusticias dentro del pueblo de quienes venden al inocente por dinero, pisotean a los pobres e impiden a los humildes conseguir lo que desean (cf. Am 2, 6-8). Jesús hace lo mismo y la Iglesia latinoamericana no se cansa (cuanto menos) de anunciarlo. Basta con revisar el documento de Aparecida (2005). En el juicio final se mide según la caridad fraterna, caridad efectiva, no solo pensamientos o intenciones. La preocupación por los desvalidos (cf. Mt 25, 31ss) y los pobres (cf. Lc 14, 13-14) no es accesoria para Jesús y para nosotros tampoco lo puede ser

En palabras de Jesús, sin absolutizarlas ni descontextualizarlas, podríamos decir: Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos. (Mt 5, 9-10)

No pretendo dar soluciones políticas ni económicas al problema actual. Tampoco dar criterios que orienten políticas públicas. Simplemente busco señalar que la justicia social y la paz no son opcionales para los cristianos. Renunciar a cualquiera de ellas es alejarse de Jesús, es diluir su mensaje. Cada uno puede proponer diferentes métodos para alcanzar la meta indicada por Jesús. Es en este camino donde ver la realidad con los ojos del resucitado impide que nos enfrentemos como enemigos y purifica nuestras ideas y acciones. Por eso, si rezamos venga tu Reino (Lc 11,2) es porque también nos ponemos al servicio de ese reino de paz y justicia para todos (Rm 14,17).  

miércoles, 23 de octubre de 2019

Jesús mirando Chile

En medio de tanta confusión y tantos puntos de vista quiero optar por dejar de lado, por un momento, la política y preguntarme algo bastante sencillo: ¿cuál sería la actitud de Jesús hoy al ver lo que ha ocurrido en Chile?

No me pregunto qué haría Cristo en nuestro lugar -como nos diría Alberto Hurtado- porque caería, rápidamente, en una respuesta política y tomaría, sin querer, una posición particular. Y eso es justamente lo que intento no hacer: tomar partido por uno u otro bando. Creo sinceramente que diferentes respuestas, visiones y soluciones pueden ser auténticamente cristianas. Aunque claro, hay cosas que no mencionaré y que evidentemente no pueden ser sostenidas desde la óptica de Jesús. Además, por cierto, no tengo un análisis acabado y, mucho menos, una solución adecuada. Por eso me pregunto sin querer dar una respuesta absoluta, ¿qué actitud tomaría Jesús frente a esto? 

En primer lugar, aparecen las palabras de Dios dirigidas a Moisés cuando no sabía como dirigir a su pueblo. Dios no le responde qué hacer, sino que le dice que estará con él, caminando a su lado (cf. Ex 33,14). Algo semejante hace Jesús. Antes de dar una respuesta o solución el hijo de María se acerca y pregunta. Incluso antes de proclamar su resurrección se toma un momento para preguntarle a María Magdalena por qué lloraba (cf. Jn 20, 15). Lo mismo hace con el ciego Bartimeo (cf. Mc 10,51), con los hijos de Zebedeo (cf. Mc 10,36), con los discípulos de Juan (cf. Jn 1,38) e incluso con un endemoniado (cf. Lc 8,28): Jesús se toma el tiempo de preguntar, de escuchar. Así, no es un Dios que manda y ordena, sino que camina con nosotros y se involucra con lo que nos pasa

La mirada de Jesús es también una mirada amorosa como hizo con el hombre rico que buscaba la vida eterna. Antes de responderle qué hacer, el Mesías lo miró con amor (Mc 10,21). El Hijo de Dios no solo se hizo hombre, sino que se entregó en la cruz por amor (cf. Fil 2, 6-8; Gal 2,20). Este amor incluye también a los enemigos (cf. Mt 5, 38-48), lo cual en situaciones como éstas es aún más difícil. Esto es, también, una mirada respetuosa, sin maldecir, sino que proclamando a Buena Nueva (cf. Mt 4,23) y haciendo el bien (cf. Hchs 10,38).

Jesús no solo se acerca y mira con amor, sino que se conmueve. Así como el Dios se Israel se conmovía como una madre frente a su pueblo (cf. Is 45,15; Os 11,8) Jesús tuvo compasión de la multitud (cf. Mt 9,36) y de una viuda sin esperanza(cf. Lc 7,13). Por eso nos invita a ser compasivos como él (cf. Mt 18,33; Lc 10,37).  

Finalmente, Jesús no solo mira y actúa, sino que llama a la conversión. El inicio de su predicación es un llamado a la conversión (cf. Mt 4,17). Esta conversión no es solo un cambio de mentalidad, sino que es movimiento, es acción concreta y duradera. No es solo creer en Jesús como el Mesías, sino que vivir de acuerdo a ello. No basta con denunciar las injusticias, sino que es necesario comprometerse personalmente con ello, cambiar nuestra conducta. Jesús no solo anunció la Buena Nueva de palabra, sino que dio la vida en la cruz por ello. 

Creo que hoy no basta con tomar partido y ofrecer soluciones, sino que todos debemos comprometernos por un Chile más justo. No basta con marchar y publicar en nuestras redes sociales. Tenemos que convertirnos, es decir, cambiar nuestra mentalidad, dejar de pensar solo en nosotros mismos, modificar nuestros hábitos de consumo, nuestra forma de participación política y nuestro trato y juicios hacia los demás. Cada uno donde le toque. No podemos esperar que los políticos hagan todo. Debemos comprometernos personalmente para tener una sociedad mejor.