martes, 31 de marzo de 2020

Mal de muchos

Si algo ha quedado claro por estos días es que el Covid-19 no discrimina. No distingue edad, país o nivel socioeconómico para infectar. Eso ha hecho que surjan múltiples respuestas y también muchos aprendizajes sociales.

No es mi intención dar una respuesta acabada sobre el tema. He leído muchas interpretaciones que, desde diversas disciplinas y perspectivas, ponen de manifiesto la complejidad de esta pandemia. En este contexto, la Iglesia ha esbozado un sinfín de propuestas de interpretación y de acción al respecto. Me alegra ver que en medio de todo esto se ha desplegado la creatividad pastoral y no faltan intentos de adaptación a los desafíos actuales.

No quiero caer en interpretaciones ni en lugares comunes. Al mismo tiempo, me viene una y otra vez la pregunta acerca de qué nos puede decir Dios en medio de todo esto y dónde podemos encontrarlo en medio de este difícil acontecer. Y he optado, no por la introspección, reflexión o meditación para esto, sino que quiero preguntar a quienes leen estas líneas dónde han visto a Dios estos días.

No espero grandes elaboraciones ni teorías abstractas, mucho menos teorías conspirativas o apocalípticas (me basta con las propias). Por eso quiero hacerles dos preguntas muy sencillas a partir de lo vivido durante estos días de aislamiento preventivo: ¿Qué han aprendido, recordado o sacado en limpio hasta ahora? ¿Qué cosas buenas han pasado en ustedes o en sus familias?

miércoles, 30 de octubre de 2019

Sin odio ni violencia: paz y justicia para Chile

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En Chile, poco a poco, se ha ido ahondando en el problema social que, sin ser nuevo, se ha vuelto una novedad que salta a la vista de todos. Me da la sensación que se ha convertido en la polarización más radical de Chile tras la vuelta a la democracia. Lejos de buscar aunar miradas y buscar consensos, me parece que la sociedad, en estos días, se ha ido dividiendo entre quienes buscan la paz y los que buscan la justicia. Sin embargo, ¿es sostenible esto para un cristiano?

Pienso en el Antiguo Testamento. La creación de Dios estaba bien (cf. Gn 1), había paz. La violencia aparece después. Caín mata a su hermano Abel (cf. Gn 4) y comienza un espiral de violencia que culmina con el mal esparcido sobre toda la tierra (cf. Gn 6, 5-6). El diluvio viene a ser un nuevo comienzo, un quiebre de una violencia ascendente. Lejos de terminar todo ahí, Dios ofrece nuevamente la posibilidad de estar en la cercanía del hombre (cf. Gn 9, 8-17). 

Jesús también se distancia de la violencia. No es un zelote. Su reino no es de este mundo (cf. Jn 18,36). Su método no es contraatacar, sino que llama a poner la otra mejilla y a hacer el bien, incluso a perseguidores y difamadores (cf. Lc 6, 27-31). Él mismo, en vez de defenderse violentamente ante la injusticia (cf. Jn 18, 10-12) se entregó mansamente como un cordero (cf. Hch 8,32). Para Jesús la violencia no era opción y para sus seguidores tampoco puede serlo. 

Que nuestra posición política no nos impida denunciar la violencia, venga de donde venga. Sean saqueadores o uniformados. Sea física o verbal. ¿No es violencia insultar constantemente a las  autoridades y fuerzas públicas? ¿No es violento atacar a los manifestantes pacíficos e indefensos?  ¿No es violento desear la muerte de delincuentes o del mismo presidente? Para qué hablar de saqueos e incendios. No importa si es con carteles, cantos, gases o municiones. Es cierto, en todo esto existe un tremendo claroscuro que impide juzgar adecuadamente, además está el (debatible) uso legítimo de la fuerza. Pero esto no impide el denunciar la violencia sin importar su procedencia o intención. 

Por otro lado, hay quienes han dicho que la mayor violencia es la desigualdad económica reinante y evidente que existe en Chile. No busco discutir la verdad de este pensamiento ni hacer análisis políticos ni económicos. Tan solo me pregunto qué diría Jesús ante la inequidad actual, la cual, libre de matices, es un hecho hoy ineludible. 

El profeta Amós en el antiguo Israel ya criticaba las injusticias dentro del pueblo de quienes venden al inocente por dinero, pisotean a los pobres e impiden a los humildes conseguir lo que desean (cf. Am 2, 6-8). Jesús hace lo mismo y la Iglesia latinoamericana no se cansa (cuanto menos) de anunciarlo. Basta con revisar el documento de Aparecida (2005). En el juicio final se mide según la caridad fraterna, caridad efectiva, no solo pensamientos o intenciones. La preocupación por los desvalidos (cf. Mt 25, 31ss) y los pobres (cf. Lc 14, 13-14) no es accesoria para Jesús y para nosotros tampoco lo puede ser. 

En palabras de Jesús, sin absolutizarlas ni descontextualizarlas, podríamos decir: Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos. (Mt 5, 9-10)

No pretendo dar soluciones políticas ni económicas al problema actual. Tampoco dar criterios que orienten políticas públicas. Simplemente busco señalar que la justicia social y la paz no son opcionales para los cristianos. Renunciar a cualquiera de ellas es alejarse de Jesús, es diluir su mensaje. Cada uno puede proponer diferentes métodos para alcanzar la meta indicada por Jesús. Es en este camino donde ver la realidad con los ojos del resucitado impide que nos enfrentemos como enemigos y purifica nuestras ideas y acciones. Por eso, si rezamos venga tu Reino (Lc 11,2) es porque también nos ponemos al servicio de ese reino de paz y justicia para todos (Rm 14,17).  

miércoles, 23 de octubre de 2019

Jesús mirando Chile

En medio de tanta confusión y tantos puntos de vista quiero optar por dejar de lado, por un momento, la política y preguntarme algo bastante sencillo: ¿cuál sería la actitud de Jesús hoy al ver lo que ha ocurrido en Chile?

No me pregunto qué haría Cristo en nuestro lugar -como nos diría Alberto Hurtado- porque caería, rápidamente, en una respuesta política y tomaría, sin querer, una posición particular. Y eso es justamente lo que intento no hacer: tomar partido por uno u otro bando. Creo sinceramente que diferentes respuestas, visiones y soluciones pueden ser auténticamente cristianas. Aunque claro, hay cosas que no mencionaré y que evidentemente no pueden ser sostenidas desde la óptica de Jesús. Además, por cierto, no tengo un análisis acabado y, mucho menos, una solución adecuada. Por eso me pregunto sin querer dar una respuesta absoluta, ¿qué actitud tomaría Jesús frente a esto? 

En primer lugar, aparecen las palabras de Dios dirigidas a Moisés cuando no sabía como dirigir a su pueblo. Dios no le responde qué hacer, sino que le dice que estará con él, caminando a su lado (cf. Ex 33,14). Algo semejante hace Jesús. Antes de dar una respuesta o solución el hijo de María se acerca y pregunta. Incluso antes de proclamar su resurrección se toma un momento para preguntarle a María Magdalena por qué lloraba (cf. Jn 20, 15). Lo mismo hace con el ciego Bartimeo (cf. Mc 10,51), con los hijos de Zebedeo (cf. Mc 10,36), con los discípulos de Juan (cf. Jn 1,38) e incluso con un endemoniado (cf. Lc 8,28): Jesús se toma el tiempo de preguntar, de escuchar. Así, no es un Dios que manda y ordena, sino que camina con nosotros y se involucra con lo que nos pasa. 

La mirada de Jesús es también una mirada amorosa como hizo con el hombre rico que buscaba la vida eterna. Antes de responderle qué hacer, el Mesías lo miró con amor (Mc 10,21). El Hijo de Dios no solo se hizo hombre, sino que se entregó en la cruz por amor (cf. Fil 2, 6-8; Gal 2,20). Este amor incluye también a los enemigos (cf. Mt 5, 38-48), lo cual en situaciones como éstas es aún más difícil. Esto es, también, una mirada respetuosa, sin maldecir, sino que proclamando a Buena Nueva (cf. Mt 4,23) y haciendo el bien (cf. Hchs 10,38).

Jesús no solo se acerca y mira con amor, sino que se conmueve. Así como el Dios se Israel se conmovía como una madre frente a su pueblo (cf. Is 45,15; Os 11,8) Jesús tuvo compasión de la multitud (cf. Mt 9,36) y de una viuda sin esperanza(cf. Lc 7,13). Por eso nos invita a ser compasivos como él (cf. Mt 18,33; Lc 10,37).  

Finalmente, Jesús no solo mira y actúa, sino que llama a la conversión. El inicio de su predicación es un llamado a la conversión (cf. Mt 4,17). Esta conversión no es solo un cambio de mentalidad, sino que es movimiento, es acción concreta y duradera. No es solo creer en Jesús como el Mesías, sino que vivir de acuerdo a ello. No basta con denunciar las injusticias, sino que es necesario comprometerse personalmente con ello, cambiar nuestra conducta. Jesús no solo anunció la Buena Nueva de palabra, sino que dio la vida en la cruz por ello. 

Creo que hoy no basta con tomar partido y ofrecer soluciones, sino que todos debemos comprometernos por un Chile más justo. No basta con marchar y publicar en nuestras redes sociales. Tenemos que convertirnos, es decir, cambiar nuestra mentalidad, dejar de pensar solo en nosotros mismos, modificar nuestros hábitos de consumo, nuestra forma de participación política y nuestro trato y juicios hacia los demás. Cada uno donde le toque. No podemos esperar que los políticos hagan todo. Debemos comprometernos personalmente para tener una sociedad mejor. 

lunes, 25 de marzo de 2019

Se fue Ezzati


Ayer en la catedral de Santiago se realizó el "cambio de mando". Fueron 8 años de Ricardo Ezzati como arzobispo de esta diócesis, mi diócesis. Podría analizar toda su gestión, su conducción, sus aciertos y desaciertos. Pero creo que ya hay suficiente de eso en internet y que poco y nada aportaría en esa dirección. Sin embargo, el traspaso pone de manifiesto algo (evidente): En pocos años ha cambiado radicalmente la fisonomía de la comunidad católica, su posición y valoración en nuestra sociedad. lLamentablemente no ha sido para mejor. 

Si el 2010 hablábamos de abusos, hoy entendemos está triste realidad como crisis institucional. Son mucho los que justificadamente se han alejado de una institución que aparece como viciada y con mala prensa. Es más decepcionante aún que palabras como abuso y encubrimiento se asocien con tanta facilidad a un pueblo que pretende ser instrumento de la redención universal (LG 9).

Y sin embargo, somos muchos los que seguimos sintiéndonos parte del pueblo de Dios, fundado por Cristo y conducido por hombres (frágiles). En estos años, así como he visto que muchos muros se desmoronan, he conocido también gente sincera que siembra la buena nueva con fe y sin buscar luces. He compartido con jóvenes (y no tan jóvenes) que anhelan seguir a Jesús sin importar los errores que otros cometan. 

Ayer fue un día de cambio. Quizás sea tiempo de empezar ese cambio más profundo que tanto necesitamos. Un cambio de mentalidad, de estructuras y de procesos. Un camino que dé justicia y misericordia a todos. No se trata de empezar de cero, pero sí de reparar, ampliar e iluminar. Un cambio de nunca más y para siempre. Un cambio que se realice con palabras y obras, como lo hacía Jesús (cf. DV 4). 

Al parecer, está ocurriendo un desmoronamiento de la Iglesia como un baluarte en la sociedad. Tal vez sea un buen momento para volver a construirla como un hogar de barro dónde se sienta el calor del evangelio, un pequeño Belén donde haya lugar para todos. 

sábado, 31 de marzo de 2018

El impresionismo de la resurrección


Hace unas semanas visité el museo Neue Pinakothek en Múnic. Fue fundado por Ludwig I a mediados del siglo XIX como el primer museo público en Europa dedicado exclusivamente a obras contemporáneas. Al llegar, sin mucho conocimiento de historia del arte, opté por hacer un recorrido libre de la audioguía y además decidí férreamente buscar una imagen de Jesús que me conquistara y, para hacer más entretenido el juego y por otros motivos que no vienen al caso, quería un Cristo resucitado.

Luego de un rato en el museo hice una pausa y olvidé mi propósito. Seguí avanzando en el recorrido y me deslumbró el paso del realismo alemán al impresionismo francés que culminó con los trazos de Van Gogh. Fue impresionante, literalmente, el cambio de formas y tonos de un estilo a otro. Sin saber mucho de arte pude apreciar como apareció algo completamente nuevo.  Ahí aprendí que los impresionistas además de usar colores diferentes utilizaban pinceladas distintas, menos definidas, algunas con puntos o líneas. Si quieren saber más de este movimiento artístico lamento decirles que no sé mucho más, pero puede investigar por su cuenta (aquí les dejo una página) 


Volviendo a mi paseo por esta galería bávara, puedo resumir que terminé cautivado por los colores de Manet, Monet y sus amigos, pero sin encontrar el Cristo que buscaba. Sin embargo, tiempo después me di cuenta que sí lo había encontrado, pero no lo había reconocido, como le pasó a los discípulos de Emaús. La resurrección del maestro fue algo tan increíble que les costó creer, por eso en varias ocasiones lo vieron, pero no lo reconocieron. En mi caso fue similar. Lo vi, pero no lo reconocí, no fue en un cuadro específico, sino en un estilo: el impresionismo que me cautivó.

Me explico. Es lo mismo, pero de cierto modo totalmente nuevo. El Jesús que resucitó es el mismo que partió el pan en la Pascua y que cargó la cruz hasta el Calvario. El impresionismo usa lo mismo que antes – muchos paisajes por ejemplo – pero de una forma innovadora, con colores y formas tales que transmiten alegría a quien lo contempla. Ahí está el cambio sustantivo, una especie de resurrección. Ya no importan los detalles rigurosos, sino lo que se trasmite, la experiencia frente a lo que se pinta.

También nos da una nueva medida de la vida. Ya no es poner al hombre al centro ni excluirlo totalmente. Se intenta darle el lugar que le corresponde en medio de la realidad, como uno más, pero sin perderse en el medio. Del mismo modo la resurrección nos es solo un dato de fe, sino que se vuelve nueva actitud: nuestra vocación no es a la muerte, sino a la vida en abundancia. Esto nos invita a mirar el mundo con esperanza, no poner el foco en la sombras, sino en lo positivo, lo bueno, lo que suma.

Jesús resucitó y nos regala una vida más libre, más bella y más feliz. Y esto es lo más impresionante que nos puede pasar.


jueves, 1 de marzo de 2018

Derribando muros


Hace un par de semanas tuve la oportunidad de pasar algunos días en Berlín. Si bien no era un destino que me interesara demasiado visitar, me intrigaba el misterio de una ciudad que fue testigo en primera fila del capítulo más oscuro de la historia contemporánea de occidente, y quizás de toda la historia universal: la segunda guerra mundial (y la posterior guerra fría).

Hay quienes dicen que lugares como éste tienen una vibra especial. Sinceramente no la sentí, pero al recorrer las calles llenas de recuerdos había algo que hablaba sin palabras. Un ejemplo es que la ciudad continúa en reconstrucción. Tiene sentido, no ha pasado tanto tiempo de la caída del muro (tan solo 28 años). Es en ese plan de remodelación urbana que hubiera sido fácil eliminarlo por completo, a fin de quitar de vista el recuerdo incómodo de la fragmentación de todo un país (y de buena parte del mundo). En vez de quitarlo por completo, optaron por mantenerlo en muchos lugares, ya no como separación, sino como memorial. Tal vez para dejar en claro que algo así no se debe repetir.

¿Aprendimos la lección?


Si nos movemos un poco en el mapa, en Latinoamérica existe cierta cultura de los muros. Los condominios (barrios privados, fraccionamientos, o como se llamen en los distintos países) tienen mucho de la antigua barrera entre el este y el oeste berlinés. Dentro de estos desarrollos urbanos vive gente generalmente en mejores condiciones que los que viven fuera. Pareciera que la diferencia es que no dejan entrar a los demás, pero podría ser que es la sociedad – como otrora hacía el régimen Soviético – quien no permite el acceso y quien fomenta las separaciones.

Y los límites físicos no son los únicos. Estamos en un mundo donde pareciera que se alzan divisiones infranqueables cuando radicalizamos nuestras posturas y las tratamos de imponer. Jesús mismo se reconocía como el camino, la verdad y la vida (cf. Juan 14,6), y aun así no obligó a nadie a seguirlo, antes bien, se hizo uno con publicanos y pecadores, y no dudó en criticar el fariseísmo (cf. Mt 23,4; Lc 11,46) de quienes intentaban de mostrarse como justos construyendo barreras imaginarias para sentirse seguros.

Se están derribando los muros. Así es la evolución para Adrián Berra (uno de mis últimos hallazgos musicales). Demoler murallas para hacernos uno, superando la división, sin pretender que todos seamos iguales. En un mundo donde pareciera que vuelven las ideologías que nos alejan, no queremos renunciar a la búsqueda de la verdad, sino más bien encontrarla juntos, buscando puntos comunes en nuestras miradas limitadas (como salió hace unas semanas en la revista Mensaje). Así crecemos y nos hacemos más humanos. Tratar de unirnos y no dividirnos es la invitación. Aprender de los errores del pasado y no replicarlos.  



jueves, 7 de septiembre de 2017

¿No estoy yo aquí que soy tu madre?


Al llegar a México, hace poco más de un año, a los pocos días fui a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, uno de los principales lugares de peregrinación del mundo católico. Aquella vez, al igual que las siguientes, fue toda una experiencia: la amplitud y grandeza, los miles de personas de diferentes nacionalidades y, sobre todo, estar en un sitio donde se apareció – según relata el Nican Mopohua – la Virgen María al indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin en 1531. 

Sin embargo, no pretendo hablar del lugar, de la gente o de las apariciones. Sencillamente quiero compartir acerca de una frase que me llamó la atención aquella primera vez en la Villa y que aparece sobre la puerta principal del templo: ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? Poco después me enteré que estas palabras se las dijo María de Guadalupe a Juan Dieguito debido a la preocupación de éste por su tío enfermo, lo  cual le impedía cumplir los deseos de su Señora.

Es que incluso antes de ver la tilma de Juan Diego con la famosa imagen de María, aparece esta frase. No es simplemente un relato antiguo, no es solo pasado, sino que se hace presente para cada peregrino que llega a los pies del cerro Tepeyac sin importar su origen o condición. Es por esto, que quisiera compartir qué significan - para mí - estas palabras tan sencillas y profundas.

a. En primer lugar, lo más evidente (o no) es lo que vivió Juan Diego. Todos tenemos múltiples preocupaciones, y éstas nos pueden agobiar e impedir que hagamos el bien que debemos, ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? nos invita  a confiar en Ella, que nos cuida y acompaña en nuestras necesidades, como cualquier madre que se preocupa por el bienestar de sus hijos. 

b. Si bien lo anterior es cierto, nos puede dejar con una especie de fe interesada, que acude a Dios solo cuando pasa necesidad. Es por esto que ese ¿No estoy yo aquí...? nos hace una llamado de atención, nos invita a hacer un alto en medio de “nuestras cosas” y nos hace poner la mirada en lo alto, en Ella que es nuestra madre. María nos dice: detente un momento, aquí estoy, soy tu madre, no vivas como si yo no estuviera aquí.

c. Y finalmente, nos dice soy tu madre, no soy cualquiera que te ayuda, no estás solo ni eres huérfano. En medio de un mundo tan individualista Ella nos dice que la soledad no es más que una ilusión que se hace realidad cuando nos olvidamos que Ella está ahí y que es nuestra madre.

“¿No estoy yo aquí que soy tu madre?” no es solo una linda frase del pasado, son palabras de un Dios que se hace presente en nuestra vida a través de su madre, María de Guadalupe. Y esto nos da un gran beneficio. Nosotros podemos decirle con todo derecho: ¿no estoy yo aquí que soy tu hijo? Así podemos apelar en todo momento a su favor, y sin duda, nuestra confianza y debilidad serán nuestra mayor ventaja, no por nuestros méritos, sino por su gran amor de madre. 

domingo, 5 de febrero de 2017

Super bowl y el muro

"Ustedes son la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres".

Siempre me ha llamado la atención esto de la sal, pues si pierde su sabor ya no es sal. Más bien, lo que me cuesta entender es cómo la sal puede dejar de salar, parece absurdo. Sin embargo, la situación actual de México me da algunas pistas para entender esta metáfora.

Muchos mexicanos reclaman - y con justa razón - contra las medidas de Trump. Algunos llegan a proponer un boicot dejando de comprar en empresas gringas. El asunto tiene muchos matices, pero no escribo sobre economía. Por otro lado, hace varios días el super bowl es asunto de conversación obligado. Incluso el papa Francisco habló de este gran evento deportivo. 

Estando al otro lado del hipotético muro, hay mucha gente sigue a su equipo de americano y le interesa mucho más que su club de fútbol en la liga azteca. Puede parecer contradictorio, pero he aprendido que así es México, o al menos lo que he conocido, ya que tan lejos no estamos.

Volviendo al muro, dejando de lado lo negativo, hay algo bueno: permite reconocer que hay una identidad nacional que va más allá de los tamales y los tacos. Es algo semejante a lo que sucede con los trágicos incendios en Chile. Ésta y otras catástrofes pueden sacar lo mejor de un pueblo herido y nos enseñan a salir adelante a pesar de las dificultades. La solidaridad en medio de la adversidad rompe con la indiferencia cotidiana. El fuego nos hace tomar conciencia del tesoro que tenemos en nuestros bosques, y sobre todo, en nuestra gente.

Del mismo modo, el muro puede ayudar a sacar lo mejor del pueblo mexicano. Que la sal se desvirtúe sería equivalente a que un mexicano pierda su identidad más profunda: su amor a María de Guadalupe y su capacidad de dar testimonio de Cristo Rey. Esta fe latinoamericana es nuestra herencia más preciada. Dejarla atrás sería equivalente a que la sal pierda su sabor.

Dios no nos envía las dificultades, éstas son simplemente parte de la vida. Sin embargo, él está ahí acompañándonos y ayudándonos a sacar lo mejor de nosotros. Dios se hace presente cuando, en medio de conflictos y problemas, somos capaces de salir adelante, cuando nos unimos a pesar de las diferencias para superar juntos los obstáculos que aparecen en el camino. No es solo en grandes eventos o situaciones - como un incendio o un muro nacional - sino que también en pequeños acontecimientos donde con ayuda de aquel que es la sal del mundo logramos salir adelante. 

domingo, 30 de octubre de 2016

La carrera


El domingo pasado fue la segunda edición de la carrera de Schoenstatt en San Luis. Fue una forma diferente a la habitual de dar testimonio de la fe. Nos recuerda que la fe no se vive solamente dentro de un templo o a puertas cerradas, sino que se vive en la calle, en el deporte, en la vida tal como es. Así Dios se hace presente de una forma original. Y correr parece una buena metáfora de cómo vivir lo que creemos. 
La fe no se juega en un solo día. Para correr hay que entrenar. Sin preparación y constancia cuesta mucho avanzar. Así nuestra fe la vivimos en el día a día, no solo los domingos, las grandes fiestas o cuando hay "carreras oficiales". La fe se juega siempre, se trata de un estilo de vida antes que un evento particular. 


No corremos solos. En un evento masivo se aprecia claramente. Fueron cientos los que corrieron el fin de semana pasado. Del mismo modo, nuestra fe la vivimos en comunidad, de lo contrario se hace muy difícil. Jesús mismo formaba comunidades, él fue quien llamó a los doce y es quien nos llama a vivir juntos nuestra fe.

Finalmente me pregunto, ¿por qué corremos? Días antes del la carrera escuché la frase la meta es el camino, que aparece en la ruta hacia Santiago de Compostela. 

Ciertamente buena parte de la motivación para terminar la carrera es la meta, pero ¿cuál es la meta? Para mí Jesús es el camino, Él mismo lo dice: "Yo soy el camino" (Jn 14,6), y así se convierte en la meta. Pero no es solo camino y destino, sino que va con nosotros cual compañero y peregrino. No importa la velocidad, lo importante es avanzar con Él a nuestro lado. Incluso es posible retroceder o caerse. Por eso Jesús está ahí, para darnos ánimo (o echarnos porras como dicen acá en México). 

Yo no corrí por correr. Tampoco vivo por vivir o simplemente para pasarlo bien. Sinceramente espero decir al final de mi vida, como San Pablo: "He peleado hasta el fin el combate, concluí mi carrera, conservé la fe” (Tim 4,6). Como decimos cada domingo, vivir por Cristo, con él y en él. 


domingo, 14 de agosto de 2016

En nuestras miserias


Todos tenemos fragilidades e incoherencias y, aunque no nos agraden, son parte de nuestra realidad. Insisto, las miserias abundan como el barro luego de un día de lluvia. Pueden ser enfermedades – físicas o psicológicas – o situaciones difíciles. Nosotros mismos a menudo experimentamos límites y dificultades. 

San Pablo lo dice: “Nosotros mismos somos como frágiles vasijas de barro que contienen un gran tesoro” (2Cor 4,7). Y a veces tanto barro nos impide ver el tesoro. Nuestras pequeñeces son parte de nuestra experiencia humana, finita y limitada, nos guste o no.

Lo bueno es que nos encontramos en un contexto particular. El papa Francisco convocó un jubileo extraordinario de la misericordia. En otras palabras, un año dedicado a proclamar de manera especial que Dios es un padre bueno y rico en misericordia. Al mismo tiempo nos invita a abrir "nuestros ojos para mirar las miserias del mundo" (Misericordiae Vultus 15)

Podemos recharzarlas o negarlas. Sin embargo, hay un camino diferente que empieza con reconocer todas estas zonas oscuras de nuestra vida, pero que no se queda ahí con tristeza. Luego de observar todo esto podemos comenzar por aceptarlas, o más bien, aceptarnos y aceptar nuestra vida tal cual es a fin de admitir que somos pequeños y que necesitamos ayuda.

Es sencillo, al menos en la teoría. Si estamos enfermos pedimos asistencia a un médico, si no sabemos reconocemos nuestra ignorancia y pedimos a alguien que nos enseñe. Si nos equivocamos pedimos perdón. En el fondo se trata de vivir sabiendo que no somos perfectos sino que necesitados.

El paso siguiente, aunque esto tenga poco y nada de receta, es mirar con los ojos de la fe y ver que así como necesitamos que otras personas nos auxilien y complementen, necesitamos la compañía de Aquél que es Misericordia. Dios no es juez severo sino que es un Padre que "nunca se cansa de destrabar la puerta de su corazón para repetir que nos ama y quiere compartir con nosotros su vida" (MV 25).

Puede ser que nuestras miserias nos tiren para abajo, que no las queramos y que sean un peso en nuestra vida. Es posible que sean malas, que sería mejor que no formaran parte de nuestra existencia. Sin embargo, nos permiten reconocer nuestra fragilidad y abrir nuestro corazón necesitado al Dios que nos ama. Ellas nos invitan a abrir los brazos y pedir ayuda a quien todo lo puede, porque cuando todo brilla en nuestra vida podemos creer que todo lo podemos, pero cuando el panorama se pone oscuro podemos reconocer con más fuerza esa luz clara que brilla en medio de las dificultades, podemos ver más fácilmente a Dios presente en nuestras vidas.

jueves, 9 de junio de 2016

Vergüenza nacional

Hoy sucedió, a mi juicio, algo terrible y triste. La verdad más triste que terrible. No es primeramente porque hayan destruido una imagen o hayan profanado un lugar sagrado. En un comentario que leí en facebook alguien comentaba: “Es una imagen que no ve y no escucha. Jesús vive en tu corazón y aunque destruyan todas las iglesias seguirá en tu corazón. Recuerda que tú eres su templo, en ti vive”. Y creo que es cierto. Jesús decía que antes que el templo como edificio estaba él mismo, él es más importante que un edificio (cf. Jn 2, 19-21). Y es cierto, la Iglesia es más importante que una iglesia.

No obstante, es triste ver cómo se violenta algo que para muchos es sagrado. No se daña simplemente una imagen o un edificio, sino que se ataca lo más íntimo de la fe cristiana, se atenta – aunque sea simbólicamente – contra Jesús mismo, a quien los cristianos amamos y seguimos. No se está discutiendo una ideología, se violenta una persona y no cualquiera. Lo de hoy es semejante a lo que ocurrió el primer Viernes Santo hace unos dos mil años.

No juzgo a los encapuchados, aunque ciertamente repudio lo que hicieron. Seguro Dios sabe lo que hay en sus corazones y por qué lo hicieron. Tal vez no sabían lo que significaban sus acciones al igual que los soldados romanos. Por eso Jesús dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 24).

Ahora bien, destaquemos lo positivo. En diversos medios he podido ver reacciones que no son planificadas. No son parte de un plan mediático programado, sino que son manifestaciones que brotan de lo hondo del corazón de los fieles, son respuestas que nacen de una fe herida y apenada que como alguien escribía en facebook: "Afectan al movimiento estudiantil con su actuar y hacen que a nosotros, los cristianos, nos duela todo de pura pena". Y ciertamente, sus palabras son más sentidas que reflexionadas. 


Hoy todo el pueblo chileno se entristeció por un acto vandálico que se da en el contexto de una marcha llena de buenas intenciones. Los cristianos nos entristecemos aún más porque violaron lo más sagrado que tenemos, nuestra fe y atacaron – quizás sin quererlo – a la persona más importante de nuestras vidas: Jesucristo.

Sin embargo, que bueno que así sea. No me alegra lo que pasó en la iglesia, me alegra lo que está pasando en La Iglesia. Qué bueno que nos duela, acongoje y moleste cuando agreden algo que teóricamente es tan importante para nosotros los católicos, pues significa que esto constituye algo realmente importante para nuestra existencia. No es careta, es un dolor sincero que nos lleva a unirnos como Iglesia y a anunciar nuestra fe.

Es una pena que tengan que ocurrir cosas así para que expresemos más manifiestamente nuestra fe. No obstante, la tristeza disminuye al ver que la Iglesia crece. “La única iglesia que ilumina es la que arde” vi que alguien comentaba en facebook. Es cierto, la Iglesia que arde por Cristo, que se entristece y encoleriza cuando arremeten contra él, ciertamente ilumina y brilla en medio del mundo como el mismo Jesús nos decía: “Ustedes son la luz del mundo” (Mt 5,14). Que su luz brille hoy en nosotros en este oscuro momento, pues en esa luz aparece Cristo más vivamente.

domingo, 29 de mayo de 2016

Una pausa [creadora]

Hace unos días leí una columna que compartió un amigo en facebook. Hablaba del otoño y decía: 
"Para mirar y aprender de las alfombras de hojas, hay que tener tiempo. ¿Y quién tiene hoy tiempo? No tenemos ni tiempo para detenernos para entender que nosotros mismos somos el mismo tiempo que se nos va. En estos días vertiginosos, en que malgastamos la poca vida que nos fue dada en tacos interminables, en correr de asunto en asunto, de “evento” en “evento” como sombras, y en que hemos dejado de vivenciar la vida como el mayor acontecimiento de todos, es bueno arrimarse a un árbol de otoño..."
Y es cierto. Vivimos con prisa y pretendemos que esto hará que nuestra vida sea mejor, pero es justamente esta actitud lo que juega en contra. De hecho, yo mismo pensaba escribir esto hace casi un mes, pero “no he tenido tiempo”. Actualmente vivimos quizás el doble que generaciones anteriores, pero ¿vivimos mejor? ¿Vivimos bien al menos?
Creo que es urgente hacer una pausa. Es simple, pero no fácil, pues la vida nos come y sin embargo, somos nosotros los que debiéramos llevar las riendas de nuestra existencia. No obstante, a menudo las cosas no son como debieran.
A veces las pausas son involuntarias, son por causa de una enfermedad o algún acontecimiento que no teníamos programado. Aun así nos ayudan a mirar el mundo de un modo diferente. No hace falta ser muy inteligente para reconocer que no es necesario que pase esto. Podemos parar por nuestra propia cuenta.
¿Qué hacer? Mi propuesta es simple: huir y contemplar. ¿Dónde ir? a un lugar tranquilo, a la naturaleza, al mar o simplemente a una plaza o un parque camino del trabajo.
Huir. Dejar lo que estamos haciendo. Es cierto que puede ser muy importante, tal vez urgente. Quizás sea más claro hablar de tomar distancia. Pero, ¿alejarnos para qué? Para contemplar.  Parece una palabra complicada, pero es más sencilla de lo que parece. Se trata de mirar de un modo distinto, con calma y perspectiva. Contemplar nuestra vida y verla con otros ojos. Quizás simplemente verla, pues a menudo no reparamos en lo que hacemos.
En la pausa, y este es el punto, nos situamos frente a nuestra vida de un modo distinto. Podemos mirar todo lo bueno que nos ha pasado y dar gracias por ello. Nos sorprenderemos al ver que la lista es más larga de lo que esperamos.
También podemos detenernos en aquello que no ha salido como esperábamos. Pero no nos quedemos en lo negativo, hay que ir más allá. En todas esas cosas malas – que siempre hay, nos guste o no – aparecen pequeñas o grandes cosas buenas que se escondían a nuestra vista. Alguien que nos ayudó a salir adelante o algo valioso que aprendimos. Así lo malo es menos malo, aunque pueda no haber valido la pena. 

Haciendo una pausa y mirando con fe podemos ver, en lo bueno y junto a lo malo, a Dios que se hace presente en nuestra vida. Nuestro problema es que andamos tan apurados que pasamos de largo y Él está ahí esperándonos sin que lo veamos. 


miércoles, 23 de marzo de 2016

Me amó y se entregó por mí

Empezó la Semana Santa. Para muchos – tal vez para la mayoría – esto no es mucho más que sinónimo de tener unos días de descanso. También puede ser una buena excusa u oportunidad para darse un festín de pescados y mariscos pasado mañana (lo cual ciertamente no es el sentido del viernes santo). No obstante, para los cristianos estos días representan el centro de nuestra fe.

Sin embargo, la Semana Santa no quiere ser algo abstracto, algo ajeno a nuestra vida y que simplemente recordamos con devoción. No es solo un feriado más, sino que se trata de un acontecimiento que tiene consecuencias concretas en nuestra vida. No solo rememoramos, sino que actualizamos el misterio Cristo en la Cruz. Esto no es sólo algo que pasó allá lejos, en un pasado remoto, sino que también ocurre acá, en nuestra vida.

Me amó y se entregó por mí (Gal 2,20). Esto es lo que recordaremos este Viernes Santo. La realidad es compleja y tiene sus matices. En esta diversidad podemos encontrar a muchos que nos amaron y se entregaron por nosotros. No tiene que ser necesariamente una entrega hasta la muerte, pero si una muerte al propio yo.

Me explico. Se trata de mirar la cruz desde una nueva perspectiva, una más personal. No es la única, pero es nuestra perspectiva. Es una invitación a reconocer a todos aquellos que han renunciado a un poco de sí mismos por nosotros y lo hicieron tan solo por amor. Pueden ser nuestros padres, profesores o amigos. Pueden ser grandes cosas o pequeños actos cotidianos. Que en estos días podamos pasar por el corazón a todos aquellos que me amaron y se entregaron por mí 

Del mismo modo, en nosotros mismos cada vez que renunciamos a nuestros intereses por un por otro gratuitamente. Son momentos simples, pero profundos. Basta, por ejemplo, renunciar a nuestro tiempo libre para ayudar a un amigo, cambiar unos días de vacaciones por misiones o trabajos voluntarios o cualquier cosa nos permita entregarnos por otros con amor desinteresado. Son esos momentos en que amé y me entregué por otros. En momentos como estos se hace presente el misterio de amor de la cruz.

Finalmente, y esto es lo más importante, hay alguien que se entregó hasta la muerte por nosotros. Es Jesús, el hijo de María. Que todo lo anterior nos ayude a acercarnos al misterio de la cruz no solo como espectadores de un sacrificio ajeno, sino que al ver en nuestra vida a aquellos que se han entregado por nosotros podamos mirar la Cruz de Cristo y reconocer que él me amó y se entregó por mí (Gal 2,20).

martes, 23 de febrero de 2016

Empezar de cero



Se trata de esa relación con Dios. Un día sí. Un día no. Hay días mediocres y otros en que Él brilla por su ausencia. Hay también, para algunos, días en que todo es Dios. No es necesario ir de retiro, simplemente todo nos habla de Él.

El inicio del año siempre es una buena ocasión para dejar cosas atrás. Puede ser la vuelta de vacaciones, un cambio de trabajo, una nueva relación o un cumpleaños. Quizás sea una oportunidad para mirar la vida desde otra perspectiva.

Es cierto que muchas veces se nos presenta el imperativo de la religión. Es esa exigencia que parece más cercano a las abuelas o señoras piadosas, pero que en el fondo todo cristiano tiene. Bueno, unos más que otros. Es que muchas veces acercarse a Dios se nos presenta más como un deber que como un deseo. Se parece más a un cumpleaños de un pariente al que hay que asistir solo por obligación y en que ni siquiera se come bien.

Sin embargo, eso es más de los hombres que de Dios. Él no obliga. Simplemente llama, golpea la puerta, toca el timbre, pero no hostiga. Dios no se vende. Simplemente viene a nuestro encuentro y si no le abrimos no se enoja y, aunque se entristece, no te llena de spams.

Va muchísimo más allá del “queridos hermanos y hermanas” del cura del domingo o el encuentro con alguna monjita. Se escucha en cosas tan simples como cuando un amigo dice “tienes un minuto”. Es que Dios nos sale al encuentro, como diría Francisco, en todo y en todos.

Eso es lo lindo. Podemos mirar hacia atrás, quizá el mes, el semestre o el año. Basta con mirar la semana, o incluso el día de ayer, para ver cómo vino Dios, golpeando nuestra puerta y lo dejamos afuera. En la palabra de aliento, en el buen consejo, en la ayuda desinteresada o en la cerveza con los amigos. Quizás no lo escuchamos, o tal vez no queremos que entre. Sea como sea, Él está ahí, esperando, diciéndonos cada día que es posible volver a comenzar, empezar de cero.

Sin embargo podemos ver cómo muchas veces le abrimos sin darnos cuenta. Es el Dios que venía con buenas noticias y alegrías, que llegaba con los seres queridos y nos llenaba el corazón. Es por eso que es una relación de cada día y que nos invita a buscarlo, a reconocerlo. A veces es suficiente con hacer una pausa y ver que estaba ahí. Así de simple.

Sea como sea, Él espera. Espera que le abramos y le demos una nueva oportunidad. La buena noticia es que nunca nos deja de dar oportunidades, nos dice una y otra vez, como canta Luis Ramiro, te vendré a buscar, para volver a empezar de cero. 

martes, 8 de diciembre de 2015

En la Inmaculada


Hoy se acaba el Mes de María y termina con una fiesta que nos recuerda que no somos inmaculados. Esto no es una crítica ni un comentario pesimista, sino que una realidad. Es parte de nuestra naturaleza el cometer faltas, muchas veces sin darnos cuenta, y la Virgen María viene a ser la excepción que confirma la regla. No obstante, es más que una excepción.


Desde ayer en la noche cientos de ciclistas pedalean hasta el santuario de Lo Vásquez y cerca de un millón de personas peregrinan a este santuario mariano, y esto no es una exageración .  Del mismo modo miles y miles de personas, en distintos lugares del mundo, acuden a los pies de la Virgen que abre sus brazos para recibirlos con sus penas y angustias, con sus alegrías y esperanzas, para acoger sus peticiones y sueños ¿Qué más nos dice esta fiesta? ¿Qué hay en medio de tanto movimiento? 

Nos dice que acudimos a Ella porque queremos parecernos a Ella. En María vemos una mujer especial, fuente de consuelo y felicidad. Ella es un ejemplo de vida, por eso nos acercamos, para que se nos pegue algo de su bondad. En el fondo hay un anhelo en el hombre de ser cada día mejores personas.

Es cierto que no somos inmaculados ni perfectos, pero nos damos cuenta que nuestras faltas afectan a otros y que en la medida que dejamos de lado el mal vivimos más libres y contentos. No pienso en cosas muy elevadas. Por ejemplo, si somos más amables la gente nos tendrá más aprecio. Son detalles muchas veces, pero los detalles hacen la diferencia. 

En este deseo de ser mejores Dios se hace presente. Por eso nos regala el ejemplo de María, la Virgen Inmaculada. Pongámonos a sus pies para que ella nos regale un poco de su bondad, para que seamos cada día un poquito más semejantes a la madre de Jesús. 





viernes, 30 de octubre de 2015

En una cerveza


Hay que compartir. Así enseñan, y con justa razón, las tías del jardín a los niños. Es que el egoísmo es para todos algo malo, aunque en la práctica muchas veces caemos en él. Por lo general lo hacemos sin querer y sin darnos cuenta. Aun así, es fácil estar de acuerdo en que en el trato con el otro como un tú hay algo que nos hace bien, que nos plenifica, o al menos, que nos alegra.

Juntándonos a comer o a tomar algo – con moderación y responsabilidad claro, pues esto no quiere ser una justificación para los excesos – podemos sentir una linda satisfacción. Es cierto que lo que se comparte ayuda y que si se realiza en medio de un matrimonio o cumpleaños puede hacer que la alegría sea mayor. Sin embargo, ya sea con una cerveza, un vaso de coca, una hamburguesa o incluso una canción; la compañía no es accidental. Sea en familia o con los amigos, no importa si es un pequeño evento o una gran celebración. Todo suma.



Pongamos el acento en las personas. La cerveza, por ejemplo, es medio y fin. Es rico disfrutar una buena pilsener, y si es artesanal mejor aún. Las bondades del fruto de la cebada son muchas. Gracias a esto la bebida y la comida son una buena excusa para reunirse.

Es que si bien la comida congrega, lo importante es esto último, el congregarnos. No es lo mismo hablar por wasap o vernos en instagram. El trato directo y personal, sin tecnología de por medio, es diferente. El caso es que en el compartir se da algo especial, que antes que intentar describirlo, cada uno puede indagar lo que esto significa a partir de su propia experiencia.

Y como Jesús era humano, tuvo muchos encuentros. Él mismo dijo a sus discípulos que ya no los llamaba siervos, sino amigos (Cfr. Jn 15,15), y esto lo hizo luego de sentarse a la mesa con ellos. Por mi parte, recuerdo mis últimos encuentros con mis amigos y, antes que la comida, lo bueno es que fue con ellos. El lugar y la comida, aunque ayudan bastante, no es lo más importante.


Sigamos. “No es bueno que el hombre esté solo” (Gn 2,18). Creo que esto va más allá de la relación varón-mujer. Es que el hombre está llamado a la comunicación, con los iguales y con los que no lo son tanto. Las personas semejantes nos muestran que hay otro que comparte lo que somos y en aquellos que son diferentes vemos que hay una realidad distinta a la nuestra que nos abre horizontes. Ciertamente no hay nadie totalmente extraño, o bien, exactamente igual.

Francisco nos dice que “la apertura a un «tú» capaz de conocer, amar y dialogar sigue siendo la gran nobleza de la persona humana” (LS 119). Esta apertura propia del hombre se manifiesta cuando me abro y comparto con el otro, de igual a igual. Es en este encuentro, en toda la riqueza del otro, donde Dios se manifiesta regalándonos su alegría, sacándonos de nosotros mismos para ver lo bueno que nos regala el otro. Cerrarnos a los demás le quita belleza a la vida.

No se trata de una separación radical entre quien lleva y quien recibe a Dios. Todos llevamos y recibimos a Cristo en el otro, en su bondad y virtudes. Más precisamente, Dios se hace presente en ese encuentro. Es más que una suma, la alegría se multiplica cuando se comparte, y si es con algo rico de por medio mejor aún. 

viernes, 11 de septiembre de 2015

La paz que todos queremos


Sin duda que hoy, 11 de septiembre, es un día que nos recuerda el valor de la paz. No es solo ausencia de guerra o violencia, sino que requiere una cierta armonía con uno mismo y con el mundo. Es triste pensar que haya un día en que la violencia está, en cierto sentido, permitida o justificada para algunas personas.

Por otro lado, la paz no es solo un tema social. “Muchas personas experimentan un profundo desequilibrio que las mueve a hacer las cosas a toda velocidad para sentirse ocupadas, en una prisa constante que a su vez las lleva a atropellar todo lo que tienen a su alrededor” [1]. Así Francisco nos cuestiona a un nivel personal y cotidiano respecto a nuestro estilo de vida. De este modo no se relaciona solo con aquello que ocurre en medio oriente o lo que quedó en el pasado.

El día de hoy no muestra que en nuestra historia la paz se ha visto interrumpida. La caída de las torres gemelas o el golpe militar en Chile son momentos críticos que muestran cuán valiosa es esta paz. La violencia sin duda una manifestación, pero no es la causa última ¿Dónde está la raíz?

Los hippies lo decían amor y paz. Los franciscanos usan el saludo paz y bien. En distintos momentos y culturas la paz es un bien preciado, posee un valor en sí misma. No hay duda que la paz trae consigo muchos beneficios, nos permite trabajar, crear, reír. Es un deseo humano arraigado en lo más íntimo del hombre. Incluso cuando se intenta justificar el uso de la fuerza – aunque no pretendo juzgar esta postura  – es en miras de tener un mundo más apacible.  

Uno de los ideales de la revolución francesa era la fraternidad. No es solo respeto o justicia, se trata de estar en armonía con el otro, lo cual exige reconocer su dignidad, su valor, sin ponerse por sobre los demás, sino que valorar la riqueza del prójimo, no por sus capacidades o méritos, ni tampoco por lo que posee o es capaz de producir, sino que simplemente porque es persona, al igual que uno. Si el otro no es valorado, la paz se ve amenazada. Se torna una paz utilitaria, la cual se solo mantiene en la medida que conviene a mis objetivos.

Así como Gandhi y Mandela buscaron. Jesús también lo hizo. Antes de partir al cielo le dijo a sus amigos: “La paz les dejo, mi paz les doy” (Jn 14, 27). En ocasiones en que la concordia escasea, cuando se ve amenazada, Cristo es fuente de paz y tranquilidad. Pero no solo eso, también en la paz encontramos a Dios que nos sale al encuentro. Él quiere un mundo pacífico, esa es la imagen del paraíso y un deseo del hombre. Todos los hombres – dice el papa – “estamos llamados a ser los instrumentos del Padre Dios para que nuestro planeta sea lo que él soñó al crearlo y responda a su proyecto de paz, belleza y plenitud [2].”

Ponerse al servicio de otros es el camino que nos muestra Jesucristo. El ideal de armonía, de justicia, de fraternidad y de paz que propone Jesús está en las antípodas de semejante modelo [de dominación], y así lo expresaba con respecto a los poderes de su época: «Los poderosos de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. Que no sea así entre vosotros, sino que el que quiera ser grande sea el servidor » (Mt 20,25-26) [3]".

Dios se manifiesta en la paz. Dios nos da su paz y nos convida a contribuir, no solo en Siria o Palestina, sino que también en nuestra vida diaria, con nuestros hermanos. Muchas veces es más fácil pelear, pero la invitación es a ser grande en servicio al hermano, según el ejemplo de quien se entregó por entero.




[1] Laudato si’ 225.
[2] Ibíd. 53.
[3] Ibíd. 82