miércoles, 23 de octubre de 2019

Jesús mirando Chile

En medio de tanta confusión y tantos puntos de vista quiero optar por dejar de lado, por un momento, la política y preguntarme algo bastante sencillo: ¿cuál sería la actitud de Jesús hoy al ver lo que ha ocurrido en Chile?

No me pregunto qué haría Cristo en nuestro lugar -como nos diría Alberto Hurtado- porque caería, rápidamente, en una respuesta política y tomaría, sin querer, una posición particular. Y eso es justamente lo que intento no hacer: tomar partido por uno u otro bando. Creo sinceramente que diferentes respuestas, visiones y soluciones pueden ser auténticamente cristianas. Aunque claro, hay cosas que no mencionaré y que evidentemente no pueden ser sostenidas desde la óptica de Jesús. Además, por cierto, no tengo un análisis acabado y, mucho menos, una solución adecuada. Por eso me pregunto sin querer dar una respuesta absoluta, ¿qué actitud tomaría Jesús frente a esto? 

En primer lugar, aparecen las palabras de Dios dirigidas a Moisés cuando no sabía como dirigir a su pueblo. Dios no le responde qué hacer, sino que le dice que estará con él, caminando a su lado (cf. Ex 33,14). Algo semejante hace Jesús. Antes de dar una respuesta o solución el hijo de María se acerca y pregunta. Incluso antes de proclamar su resurrección se toma un momento para preguntarle a María Magdalena por qué lloraba (cf. Jn 20, 15). Lo mismo hace con el ciego Bartimeo (cf. Mc 10,51), con los hijos de Zebedeo (cf. Mc 10,36), con los discípulos de Juan (cf. Jn 1,38) e incluso con un endemoniado (cf. Lc 8,28): Jesús se toma el tiempo de preguntar, de escuchar. Así, no es un Dios que manda y ordena, sino que camina con nosotros y se involucra con lo que nos pasa

La mirada de Jesús es también una mirada amorosa como hizo con el hombre rico que buscaba la vida eterna. Antes de responderle qué hacer, el Mesías lo miró con amor (Mc 10,21). El Hijo de Dios no solo se hizo hombre, sino que se entregó en la cruz por amor (cf. Fil 2, 6-8; Gal 2,20). Este amor incluye también a los enemigos (cf. Mt 5, 38-48), lo cual en situaciones como éstas es aún más difícil. Esto es, también, una mirada respetuosa, sin maldecir, sino que proclamando a Buena Nueva (cf. Mt 4,23) y haciendo el bien (cf. Hchs 10,38).

Jesús no solo se acerca y mira con amor, sino que se conmueve. Así como el Dios se Israel se conmovía como una madre frente a su pueblo (cf. Is 45,15; Os 11,8) Jesús tuvo compasión de la multitud (cf. Mt 9,36) y de una viuda sin esperanza(cf. Lc 7,13). Por eso nos invita a ser compasivos como él (cf. Mt 18,33; Lc 10,37).  

Finalmente, Jesús no solo mira y actúa, sino que llama a la conversión. El inicio de su predicación es un llamado a la conversión (cf. Mt 4,17). Esta conversión no es solo un cambio de mentalidad, sino que es movimiento, es acción concreta y duradera. No es solo creer en Jesús como el Mesías, sino que vivir de acuerdo a ello. No basta con denunciar las injusticias, sino que es necesario comprometerse personalmente con ello, cambiar nuestra conducta. Jesús no solo anunció la Buena Nueva de palabra, sino que dio la vida en la cruz por ello. 

Creo que hoy no basta con tomar partido y ofrecer soluciones, sino que todos debemos comprometernos por un Chile más justo. No basta con marchar y publicar en nuestras redes sociales. Tenemos que convertirnos, es decir, cambiar nuestra mentalidad, dejar de pensar solo en nosotros mismos, modificar nuestros hábitos de consumo, nuestra forma de participación política y nuestro trato y juicios hacia los demás. Cada uno donde le toque. No podemos esperar que los políticos hagan todo. Debemos comprometernos personalmente para tener una sociedad mejor. 

lunes, 25 de marzo de 2019

Se fue Ezzati


Ayer en la catedral de Santiago se realizó el "cambio de mando". Fueron 8 años de Ricardo Ezzati como arzobispo de esta diócesis, mi diócesis. Podría analizar toda su gestión, su conducción, sus aciertos y desaciertos. Pero creo que ya hay suficiente de eso en internet y que poco y nada aportaría en esa dirección. Sin embargo, el traspaso pone de manifiesto algo (evidente): En pocos años ha cambiado radicalmente la fisonomía de la comunidad católica, su posición y valoración en nuestra sociedad. lLamentablemente no ha sido para mejor. 

Si el 2010 hablábamos de abusos, hoy entendemos está triste realidad como crisis institucional. Son mucho los que justificadamente se han alejado de una institución que aparece como viciada y con mala prensa. Es más decepcionante aún que palabras como abuso y encubrimiento se asocien con tanta facilidad a un pueblo que pretende ser instrumento de la redención universal (LG 9).

Y sin embargo, somos muchos los que seguimos sintiéndonos parte del pueblo de Dios, fundado por Cristo y conducido por hombres (frágiles). En estos años, así como he visto que muchos muros se desmoronan, he conocido también gente sincera que siembra la buena nueva con fe y sin buscar luces. He compartido con jóvenes (y no tan jóvenes) que anhelan seguir a Jesús sin importar los errores que otros cometan. 

Ayer fue un día de cambio. Quizás sea tiempo de empezar ese cambio más profundo que tanto necesitamos. Un cambio de mentalidad, de estructuras y de procesos. Un camino que dé justicia y misericordia a todos. No se trata de empezar de cero, pero sí de reparar, ampliar e iluminar. Un cambio de nunca más y para siempre. Un cambio que se realice con palabras y obras, como lo hacía Jesús (cf. DV 4). 

Al parecer, está ocurriendo un desmoronamiento de la Iglesia como un baluarte en la sociedad. Tal vez sea un buen momento para volver a construirla como un hogar de barro dónde se sienta el calor del evangelio, un pequeño Belén donde haya lugar para todos. 

sábado, 31 de marzo de 2018

El impresionismo de la resurrección


Hace unas semanas visité el museo Neue Pinakothek en Múnic. Fue fundado por Ludwig I a mediados del siglo XIX como el primer museo público en Europa dedicado exclusivamente a obras contemporáneas. Al llegar, sin mucho conocimiento de historia del arte, opté por hacer un recorrido libre de la audioguía y además decidí férreamente buscar una imagen de Jesús que me conquistara y, para hacer más entretenido el juego y por otros motivos que no vienen al caso, quería un Cristo resucitado.

Luego de un rato en el museo hice una pausa y olvidé mi propósito. Seguí avanzando en el recorrido y me deslumbró el paso del realismo alemán al impresionismo francés que culminó con los trazos de Van Gogh. Fue impresionante, literalmente, el cambio de formas y tonos de un estilo a otro. Sin saber mucho de arte pude apreciar como apareció algo completamente nuevo.  Ahí aprendí que los impresionistas además de usar colores diferentes utilizaban pinceladas distintas, menos definidas, algunas con puntos o líneas. Si quieren saber más de este movimiento artístico lamento decirles que no sé mucho más, pero puede investigar por su cuenta (aquí les dejo una página


Volviendo a mi paseo por esta galería bávara, puedo resumir que terminé cautivado por los colores de Manet, Monet y sus amigos, pero sin encontrar el Cristo que buscaba. Sin embargo, tiempo después me di cuenta que sí lo había encontrado, pero no lo había reconocido, como le pasó a los discípulos de Emaús. La resurrección del maestro fue algo tan increíble que les costó creer, por eso en varias ocasiones lo vieron, pero no lo reconocieron. En mi caso fue similar. Lo vi, pero no lo reconocí, no fue en un cuadro específico, sino en un estilo: el impresionismo que me cautivó.

Me explico. Es lo mismo, pero de cierto modo totalmente nuevo. El Jesús que resucitó es el mismo que partió el pan en la Pascua y que cargó la cruz hasta el Calvario. El impresionismo usa lo mismo que antes – muchos paisajes por ejemplo – pero de una forma innovadora, con colores y formas tales que transmiten alegría a quien lo contempla. Ahí está el cambio sustantivo, una especie de resurrección. Ya no importan los detalles rigurosos, sino lo que se trasmite, la experiencia frente a lo que se pinta.

También nos da una nueva medida de la vida. Ya no es poner al hombre al centro ni excluirlo totalmente. Se intenta darle el lugar que le corresponde en medio de la realidad, como uno más, pero sin perderse en el medio. Del mismo modo la resurrección nos es solo un dato de fe, sino que se vuelve nueva actitud: nuestra vocación no es a la muerte, sino a la vida en abundancia. Esto nos invita a mirar el mundo con esperanza, no poner el foco en la sombras, sino en lo positivo, lo bueno, lo que suma.

Jesús resucitó y nos regala una vida más libre, más bella y más feliz. Y esto es lo más impresionante que nos puede pasar.


jueves, 1 de marzo de 2018

Derribando muros


Hace un par de semanas tuve la oportunidad de pasar algunos días en Berlín. Si bien no era un destino que me interesara demasiado visitar, me intrigaba el misterio de una ciudad que fue testigo en primera fila del capítulo más oscuro de la historia contemporánea de occidente, y quizás de toda la historia universal: la segunda guerra mundial (y la posterior guerra fría).

Hay quienes dicen que lugares como éste tienen una vibra especial. Sinceramente no la sentí, pero al recorrer las calles llenas de recuerdos había algo que hablaba sin palabras. Un ejemplo es que la ciudad continúa en reconstrucción. Tiene sentido, no ha pasado tanto tiempo de la caída del muro (tan solo 28 años). Es en ese plan de remodelación urbana que hubiera sido fácil eliminarlo por completo, a fin de quitar de vista el recuerdo incómodo de la fragmentación de todo un país (y de buena parte del mundo). En vez de quitarlo por completo, optaron por mantenerlo en muchos lugares, ya no como separación, sino como memorial. Tal vez para dejar en claro que algo así no se debe repetir.

¿Aprendimos la lección?


Si nos movemos un poco en el mapa, en Latinoamérica existe cierta cultura de los muros. Los condominios (barrios privados, fraccionamientos, o como se llamen en los distintos países) tienen mucho de la antigua barrera entre el este y el oeste berlinés. Dentro de estos desarrollos urbanos vive gente generalmente en mejores condiciones que los que viven fuera. Pareciera que la diferencia es que no dejan entrar a los demás, pero podría ser que es la sociedad – como otrora hacía el régimen Soviético – quien no permite el acceso y quien fomenta las separaciones.

Y los límites físicos no son los únicos. Estamos en un mundo donde pareciera que se alzan divisiones infranqueables cuando radicalizamos nuestras posturas y las tratamos de imponer. Jesús mismo se reconocía como el camino, la verdad y la vida (cf. Juan 14,6), y aun así no obligó a nadie a seguirlo, antes bien, se hizo uno con publicanos y pecadores, y no dudó en criticar el fariseísmo (cf. Mt 23,4; Lc 11,46) de quienes intentaban de mostrarse como justos construyendo barreras imaginarias para sentirse seguros.

Se están derribando los muros. Así es la evolución para Adrián Berra (uno de mis últimos hallazgos musicales). Demoler murallas para hacernos uno, superando la división, sin pretender que todos seamos iguales. En un mundo donde pareciera que vuelven las ideologías que nos alejan, no queremos renunciar a la búsqueda de la verdad, sino más bien encontrarla juntos, buscando puntos comunes en nuestras miradas limitadas (como salió hace unas semanas en la revista Mensaje). Así crecemos y nos hacemos más humanos. Tratar de unirnos y no dividirnos es la invitación. Aprender de los errores del pasado y no replicarlos.  



jueves, 7 de septiembre de 2017

¿No estoy yo aquí que soy tu madre?


Al llegar a México, hace poco más de un año, a los pocos días fui a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, uno de los principales lugares de peregrinación del mundo católico. Aquella vez, al igual que las siguientes, fue toda una experiencia: la amplitud y grandeza, los miles de personas de diferentes nacionalidades y, sobre todo, estar en un sitio donde se apareció – según relata el Nican Mopohua – la Virgen María al indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin en 1531. 

Sin embargo, no pretendo hablar del lugar, de la gente o de las apariciones. Sencillamente quiero compartir acerca de una frase que me llamó la atención aquella primera vez en la Villa y que aparece sobre la puerta principal del templo: ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? Poco después me enteré que estas palabras se las dijo María de Guadalupe a Juan Dieguito debido a la preocupación de éste por su tío enfermo, lo  cual le impedía cumplir los deseos de su Señora.

Es que incluso antes de ver la tilma de Juan Diego con la famosa imagen de María, aparece esta frase. No es simplemente un relato antiguo, no es solo pasado, sino que se hace presente para cada peregrino que llega a los pies del cerro Tepeyac sin importar su origen o condición. Es por esto, que quisiera compartir qué significan - para mí - estas palabras tan sencillas y profundas.

a. En primer lugar, lo más evidente (o no) es lo que vivió Juan Diego. Todos tenemos múltiples preocupaciones, y éstas nos pueden agobiar e impedir que hagamos el bien que debemos, ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? nos invita  a confiar en Ella, que nos cuida y acompaña en nuestras necesidades, como cualquier madre que se preocupa por el bienestar de sus hijos. 

b. Si bien lo anterior es cierto, nos puede dejar con una especie de fe interesada, que acude a Dios solo cuando pasa necesidad. Es por esto que ese ¿No estoy yo aquí...? nos hace una llamado de atención, nos invita a hacer un alto en medio de “nuestras cosas” y nos hace poner la mirada en lo alto, en Ella que es nuestra madre. María nos dice: detente un momento, aquí estoy, soy tu madre, no vivas como si yo no estuviera aquí.

c. Y finalmente, nos dice soy tu madre, no soy cualquiera que te ayuda, no estás solo ni eres huérfano. En medio de un mundo tan individualista Ella nos dice que la soledad no es más que una ilusión que se hace realidad cuando nos olvidamos que Ella está ahí y que es nuestra madre.

“¿No estoy yo aquí que soy tu madre?” no es solo una linda frase del pasado, son palabras de un Dios que se hace presente en nuestra vida a través de su madre, María de Guadalupe. Y esto nos da un gran beneficio. Nosotros podemos decirle con todo derecho: ¿no estoy yo aquí que soy tu hijo? Así podemos apelar en todo momento a su favor, y sin duda, nuestra confianza y debilidad serán nuestra mayor ventaja, no por nuestros méritos, sino por su gran amor de madre.