lunes, 8 de diciembre de 2014

Con Flores a María

Reconozco que esto se aleja un poco de lo que este blog pretende. Sin embargo, no puedo. No puede ser de otra manera. Pasó noviembre y no puedo no escribir sobre el mes de María. Sinceramente es algo que me supera. 

Sin embargo, no se trata solo de un dogma de fe. El mes de María se toma la vida de nuestro pueblo chileno, por eso es presente, por eso escribo sobre él. Va más allá de una verdad religiosa. Es fe viva de un pueblo que se aprecia en colegios, parroquias, hogares y lugares de trabajo, aunque no aparezca demasiado en las noticias o en los diarios. Por eso da que hablar, aunque pueda sonar repetido o trillado. 

Claramente no es algo tan mediático como el fútbol o la Teletón. Pero no hay duda de que moviliza muchísimas fuerzas y a muchas personas en un momento del año en que el cuerpo pide a gritos tener vacaciones. Se trata del comienzo del periodo de exámenes, se rinde la PSU y muchas empresas se comienzan a preparar para el fin de año. Los trabajadores comienzan a mirar el verano que se avecina y esperan con ansias las merecidas vacaciones.

En resumen, es quizás la época del año en que aumentan las exigencias y hay mayor cansancio acumulado. En otras palabras, pareciera que no es el mejor momento para inventar actividades extras para alabar a la Madre de Dios.

No obstante, aunque parezca contradictorio, las exigencias que surgen del mes de María, en vez de ser un peso que dificulta continuar en esta dura etapa del año, son un estímulo para sacar lo mejor de nosotros cuando estamos más demandados. María nos anima a entregarle las flores de la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos.

Si hay alguna duda, basta ver que son miles las personas que peregrinaran al San Cristóbal a ver a la inmaculada, o se preparan para ir a Lo VásquezLas muestra de fe y de amor son tan numerosas como diversas.

San Alberto Hurtado decía María mírame. Del mismo modo, el P. Hernán Alessandri (1935 – 2007), sacerdote, teólogo y fundador de María Ayuda, fue un hombre que amó profundamente a María, no solo un mes al año, sino que toda su vida. De ahí recibió la fuerza para entregarse de modo sencillo a todos sin distinción. Estos son solo ejemplos, aunque excepcionales, de chilenos que hicieron de su vida una continua entrega de flores a María. Cada flor es signo del amor a la madre de Jesús y un aporte sincero para construir un Chile mejor.


De este modo, el mes de María es un tiempo en que Dios se hace presente de manera especial en medio nuestro. Sin mucha bulla, Dios se hace presente en el amor de un pueblo a su Madre. La fe viva dice a gritos que en medio de las tribulaciones de esta vida el amor a la madre de Dios es real y es capaz de despertar lo mejor de nosotros, al igual como lo ha hecho con tantos otros. Ella nos invita a levantar la mirada y ponernos en sus manos. En ella, que nos cuida y nos guía, Dios se hace presente de un modo especial, no tan evidente ni tangible, pero no por eso menos real. 


viernes, 31 de octubre de 2014

Los pequeños triunfos

Junto a compañeros de teología estamos jugando en la liga de la universidad y este miércoles ganamos nuestro segundo partido y pasamos a la siguiente ronda. Claramente no se trata de la champions o de la libertadores. Es tan solo un torneo universitario. Aun así la alegría se siente, se disfruta.


Se pueden realizar los análisis y comentarios pertinentes. Nuestro desorden la segunda mitad, el estado de la cancha, la formación, los errores y quizás incluso, criticar al árbitro, por costumbre al menos. Sin embargo, podemos dejar de lado por un momento los análisis y disfrutar de la alegría, alegrarnos con este triunfo bien merecido.

Es fácil ver lo que falta, lo que se puede mejorar. Hablo de la vida en general, aunque en el fútbol esto queda más claro. Pero cuesta, y no sé por qué, reconocer y saborear los triunfos, en especial los pequeños y cotidianos. Llegan a nuestras manos y rápidamente los dejamos irse. No se trata de vivir de las glorias pasadas. Es más bien ver todas las conquistas de nuestra vida y vivir con ellas, que sean nuestras compañeras. Dejar que vayan animando nuestro paso por la vida y que no se nos escapen, pues nos pertenecen.

No estoy hablando solo de los grandes logros, aquellas victorias arduas y difíciles, que nos traen gran alegría y van modelando nuestra vida. Me refiero principalmente de los pequeños triunfos, aquellos tan sencillos que pasan desapercibidos no solo para los demás, sino que para nosotros mismos. Una buena nota, un encuentro familiar bien logrado, algún proyecto apostólico o un éxito laboral. Cada uno puede ver cuáles son sus propios logros.

El caso es que es difícil encontrar a alguien que no tenga logros personales por los que pueda alegrarse. No se trata necesariamente de “haberle ganado a alguien”. No es que la vida sea una competencia constante. Es buscar aquellas metas que, gracias a nuestro esfuerzo, pudiendo no haberlas conseguido, las alcanzamos.

Afortunadamente, no son solo éxitos personales. Hay éxitos grupales, como en el fútbol, donde el aporte de muchos permite un resultado satisfactorio. Así la alegría se comparte, no solo la alegría personal, sino que la alegría comunitaria. Juntos lo logramos. Así se goza aún más.

Ciertamente en nuestro caso, tan solo pasamos a la siguiente ronda, y la copa aún está distante. Hay que ir con calma, sin agrandarse. Pero aun así se puede celebrar y aprender a disfrutar más estos momentos que nos regala la vida. En otras palabras, esto va más allá de mirar el vaso medio lleno, es la apuesta por mirar cada gota que va llenando el vaso, porque cada gota, aunque sea pequeña, suma.

Por eso, ganemos la copa del mundo o ganemos un partido en la universidad, la marraqueta amanece más crujiente. Disfrutemos cada bocado, porque en cada uno está Dios presente, alegrándose con nosotros y ayudándonos a triunfar cada día. Él nos alienta a poner todo de nosotros. Reconozcamos que, como nos gritó en un partido un jugador del equipo rival, “el de arriba nos está mirando”. Invitémoslo a ser parte de este triunfo y a soñar juntos con lo que vendrá. 


miércoles, 15 de octubre de 2014

Verdad y División


A decir verdad, tenía pensado escribir algo acerca de la primavera que llega y que no llega. Sin embargo los últimos acontecimientos no me dejan indiferente. Los medios una vez más tergiversan los hechos y la noticia sobre Ezzati y la supuesta denuncia de los tres sacerdotes es manipulada. Las reacciones fueron diversas. Tardó un poco, pero la verdad salió a la luz y el arzobispado negó haber hecho tal denuncia.

Aun así, con o sin motivos, vino la tormenta. Pese a haber sido iniciada por una información falsa provoco daños significativos. Tristemente, los heridos no son solo los tres sacerdotes en cuestión o el arzobispo de Santiago, sino que la Iglesia, y por qué no, también la sociedad.

Pareciera ser que lo más fácil es tomar una postura como lo hizo Benito Baranda. Junto con ello surgen las más diversas opiniones y calificativos. En el ambiente se escucharon frases como “por fin Ezzati” o “yo soy de Berrios”. Sin embargo, estas posturas solo crean división, discordia. No se trata de olvidar la verdad, sino que buscarla con medios y formas adecuadas, con respeto y caridad.
Esto no es solo una problemática eclesial, refleja cómo hoy en día se buscan soluciones. No siempre hay una búsqueda sincera y desinteresada de la verdad, sino que se pretende imponer cuál es el mejor camino, al extremo que lo importante deja de ser el objeto buscado y lo principal pasa a ser quien lo dice.

Lamentablemente, es fácil olvidar que son estas divisiones las que traen grandes tragedias al mundo. La división hace mal, tanto así que muchas veces ésta persiste sin recordar cuál es su causa. Y de rupturas la historia tiene todo tipo de casos. Pasa en las mejores familias así como ha ocurrido en nuestro país y en el mundo entero.

Afortunadamente, la Iglesia no sabe solo de desaciertos y errores. Francisco dijo al iniciar el sínodo de la familia “que nadie diga: 'Esto no se puede decir; pensarán de mí así o así...'”. Se trata de buscar la verdad juntos. En este caso cómo vivir mejor una verdad que ya poseemos, el mensaje de Cristo. El intercambio cuando es con apertura es conveniente, pero cuando se comienza a descalificar y polarizar se vuelve estéril.

Me parece que la verdad no se impone ni se crea, sino que se busca, y cada tanto hace falta actualizarla, no acomodarla. No es que la verdad cambia, el hombre es el que cambia, por eso la verdad es siempre nueva. Y para esto el diálogo es fundamental. Esto no es nuevo, ya lo dijo Sócrates antes de Cristo, pero se nos olvida con facilidad.

No siempre es sencillo, pero donde hay diálogo y una búsqueda sincera de la verdad está Dios presente y queriendo hablarnos. Cuesta escucharlo, por eso cuando nos ponemos sordos la verdad quiere brillar y es posible enmendar el rumbo, como lo hizo el padre Mariano Puga

domingo, 28 de septiembre de 2014

La alegría del dieciocho

Sin duda fueron días de gran alegría y descanso para quienes vivimos en Chile, así como también para los chilenos en el extranjero, para quienes la nostalgia se junta con la alegría de unirse con su patria y seres queridos, a pesar de la distancia, en una misma fiesta. Si bien el dieciocho quedó atrás, aún es posible hallar celebraciones con cueca y empanadas. Todavía se puede encontrar en el dieciocho chico una buena excusa para continuar festejando.

Y las fiestas no pasaron en vano. Son muchas las maneras de notarlo. Basta con mirar a nuestro alrededor – quizás en nosotros mismos – y ver en los kilos ganados verdaderos vestigios de lo que sucedió en tan pocos días. Esos kilos de más pueden ser para muchos un mal augurio para el verano, pero pueden ser también un signo de lo vivido durante las fiestas patrias, muchas veces sin darnos cuenta: un encuentro real con el Dios inmanente.

¿De qué estamos hablando? Probablemente nadie tuvo arrebatos místicos mientras se comía un choripán, y son pocos los que dedicaron sus días al silencio, la contemplación y la oración. Antes bien, todo lo contrario. Se trata más bien de mirar hacia atrás con otros ojos y ver desde otra perspectiva lo que ocurrió.

Recordemos que fue Jesús quien le dijo a sus discípulos “venid y comed” (Juan 21, 12). Del mismo modo, durante este dieciocho Dios nos llamó a sentarnos a la mesa junto a Él. No fue de forma evidente como puede serlo en la eucaristía. Sin embargo, haciendo una mirada retrospectiva, es posible reconocerlo con facilidad, solo se necesita un poco de fe.

Francisco nos habla de la alegría del evangelio y cómo el gran riesgo del mundo actual es “una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro” (Evangelii Gaudium 2). El papa ha hablado muchas veces de la cultura del encuentro y qué mejor signo de encuentro que el dieciocho. Familias y amigos se reúnen para celebrar en un mismo espíritu. Muchos salen de la rutina para compartir y hallan allí una enorme fuente de alegría.

Es por esto que propongo la alegría del dieciocho como lugar de encuentro con Dios. Disfrutar un rico asado, un buen paseo y de un merecido descanso. Choripanes, chicha, empanadas, anticuchos, cueca y todo lo que viene junto a las fondas. Todas estas alegrías que nos llenan el corazón son muestra, aunque sea disimulada, de la presencia de Dios, del Dios que se hace presente aunque no lo reconozcamos, y que quiere que lo hagamos más presente en nuestras vidas.


Cada uno puede hacer la prueba. Es un sencillo ejercicio. Basta con recordar lo vivido estos días y dar gracias a Dios por cada regalo, cada gesto y cada alegría, aunque parezca insignificante, de su presencia y compañía. 

domingo, 7 de septiembre de 2014

Periferias económicas

Llegó septiembre y para muchos esto es sinónimo de asado y empanadas. Sin embargo, me parece que es un buen momento para ver que el mes de la patria va más allá de los festejos. Estas fiestas  quieren ser más que una buena excusa para celebrar; parecen ser una invitación a soñar qué país queremos, y sin duda, algo que todos queremos es el tener un Chile más justo.

Jesús una vez dijo: “Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más” (Lucas 12, 48). Me parece que estas palabras se aplican perfectamente a los líderes empresariales del país, un grupo tan decisivo, capaz de marcar la diferencia en lo que sucede en nuestro país.


Y hace algunos días tuve la oportunidad de participar en la presentación del documento “La Vocación del Líder Empresarial” organizada por la USeC. Reconozco que me llamó la atención que la conferencia fuera en un hotel bastante elegante de la capital, considerando el tema que se abordaría.

Es fácil cuestionarse o criticar qué hace un cardenal en un hotel así. Pero fue precisamente ahí donde me di cuenta de una nueva dimensión de las periferias que habla el papa Francisco. No se trata tan solo de ir a lugares olvidados por la sociedad, sino también de aquéllos en los que pareciera que los hombres se han olvidado de Dios.

En este sentido creo que por más que fuera un lugar bastante lindo, se trata de una periferia, un lugar límite, ya que por cómo funciona el mundo, pareciera que Dios está completamente fuera del mundo de los negocios. Por eso mismo me parece tan valiosa la visita del cardenal Turkson a los empresarios. De esto se trata salir al encuentro del otro: llevar el evangelio justamente donde es más urgente.

El cardenal no quería juzgar ni criticar a los empresarios, sino que darles una mano para unir su trabajo con la acción creadora de Dios. Del otro lado, ellos mostraban una apertura a un mensaje que los llamaba a unir criterios económicos como eficiencia y competitividad, con la conciencia de la dignidad del hombre y el bien común.

Es en este anhelo, o al menos en este llamado que hizo el cardenal ghanés, que Dios se hace presente, aunque aún falte mucho por avanzar. Dios se muestra en esta sincera búsqueda de hacer algo más que negocios, aunque sea difícil en su posición. Y este gesto me hace mirar el futuro con mayor esperanza. En medio de tantos signos desalentadores me alegra saber que hay empresarios que se cuestionan lo que están haciendo y que reconocen que hacer negocios no se reduce tan solo a ganar dinero, sino que tiene un sentido trascendente y que son capaces de construir un mundo mejor para todos.