miércoles, 11 de febrero de 2015

En los cielos


Para algunos las vacaciones aun no comienzan y para otros ya terminaron. Hay quienes siguen disfrutando del tiempo libre, mientras para otros durante este verano las vacaciones son algo inexistente. Personalmente tuve el regalo de tener unas buenas vacaciones, visité el sur de Chile y quisiera compartir parte de lo que experimenté.

Para los santiaguinos como yo, pasando Concepción comienza el sur. Es que para un habitante de la capital basta salir de Santiago para olvidarse del cemento y del Transantiago. Sin embargo, algo sucede un pasando la región del Bio-Bio que todo cambia. El paisaje comienza a adquirir tonos de verde que no se ven entre las construcciones capitalinos y los rebaños de vacas blanquinegras hacen que uno sienta que está entrando a un comercial de Colun o Soprole.

Esta vez, tuve la oportunidad visitar la región de los Ríos. Instalando la carpa a orillas del lago Panguipulli disfruté de los encantos de una zona bañada abundantemente por lagos y ríos. Así, entre tantas otras cosas, quedé admirado con la belleza del cielo. Es bastante simple, pero es que no solo los atardeceres son un bellísimo espectáculo. Es suficiente con levantar la vista por entre los coihues o araucarias y dejarse interpelar por un sol radiante y un cielo transparente.

No por casualidad, esta semana las lecturas nos cuentan sobre la creación del mundo. El libro del Génesis nos cuenta, aunque no sea de modo literal, cómo Dios creo el cielo y la tierra, la luz y los astros del cielo. Así, Dios le regaló al hombre todo cuanto puede disfrutar por medio de sus sentidos.

Todos los cristianos, no solo los católicos, rezamos como Jesús nos enseñó: “Padre nuestro, que estás en los cielos”. Si bien esto se refiere a una realidad fuera de este mundo, al contemplar la inmensidad del firmamento es posible encontrar vestigios del creador del mundo.

Sinceramente, y con más fe que razón, mirar al cielo me acerca a la eternidad. Ciertamente el cielo donde Dios habita no es nuestro cielo azulado, pero viendo hacia las alturas es posible creer que existe algo más allá. No más allá de la atmósfera simplemente, sino que más allá del cosmos. La majestad del cielo nos invita a creer que está Dios Presente, que hay alguien que no solo creó todo cuanto existe, sino que existe quien se preocupa por cada uno de nosotros.


Siendo más directo, la invitación se desprende fácilmente. En medio del descanso estival, desconectarse un rato, levantar la cabeza y dejando de lado toda clase de prejuicios, preguntarse por qué no puede ser posible que algo tan maravilloso haya sido creado por alguien aún más maravilloso. Afortunadamente no hace falta viajar demasiado, pues en todas partes hay un cielo que nos cobija y nos habla de Dios.





martes, 23 de diciembre de 2014

Navidad, tiempo para recibir

Mañana es nochebuena. Pasó Halloween y las grandes tiendas y supermercados se vistieron con atuendos “navideños”. Mientras muchos corren comprando, se nos olvida que la navidad es una fiesta cristiana. Sí, cristiana.

Es cierto que los regalos son una muestra de cariño y preocupación por el otro; una forma de salir al encuentro de nuestros seres queridos y de aquellos con los que compartimos cotidianamente. Incluso hay nobles campañas para ayudar a los más desamparados. No estoy en contra de dar regalos en navidad. A todos nos gusta recibir algo, por más pequeño que sea.

Sin embargo, las compras van dejando de lado el verdadero sentido de esta fecha. Se trata de una fiesta fundada en un acontecimiento concreto que sucedió hace ya bastante tiempo: el nacimiento de Jesús en Belén.

Y como la venida de Cristo al mundo es algo que me queda grande, prefiero compartir unas palabras del padre Esteban Gumucio.

“Mirando el pesebre me gustaría poder gritar:
‘Miren, nosotros los cristianos seguimos a un hombre
que no tiene cuna de reyes, sino brazos de carpintero’.

Su ejemplo es la ‘justicia’ transida de humildad.
Sigo a un hombre que me quiere libre, sin cadenas.

Lo grande a servir lo pequeño...
el rico hecho pobre para vestir al desnudo...
el pan, para compartirlo...
y dejar de ser cada cual instalado en lo que era...
para ser cada cual mucho mejor de lo que era...

Y hermanos tú y yo y ustedes todos.”[1]

A esto nos llama la Navidad. No es en primer lugar una fiesta para dar, sino que para recibir, recibir a Jesús que quiere volver a nacer en medio nuestro. No es solo recordar que vino. Démosle tiempo y espacio estos días. Dejemos de correr y comprar tanto, para que pueda llegar a nosotros, así el Dios hecho niño se hará presente en nuestras vidas y en nuestros hogares.  


[1] P. Esteban Gumucio (1914 2001), SIGO A UN HOMBRE LLAMADO JESÚS. Sacerdote chileno de la Congregación de los Sagrados Corazones.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Con Flores a María

Reconozco que esto se aleja un poco de lo que este blog pretende. Sin embargo, no puedo. No puede ser de otra manera. Pasó noviembre y no puedo no escribir sobre el mes de María. Sinceramente es algo que me supera. 

Sin embargo, no se trata solo de un dogma de fe. El mes de María se toma la vida de nuestro pueblo chileno, por eso es presente, por eso escribo sobre él. Va más allá de una verdad religiosa. Es fe viva de un pueblo que se aprecia en colegios, parroquias, hogares y lugares de trabajo, aunque no aparezca demasiado en las noticias o en los diarios. Por eso da que hablar, aunque pueda sonar repetido o trillado. 

Claramente no es algo tan mediático como el fútbol o la Teletón. Pero no hay duda de que moviliza muchísimas fuerzas y a muchas personas en un momento del año en que el cuerpo pide a gritos tener vacaciones. Se trata del comienzo del periodo de exámenes, se rinde la PSU y muchas empresas se comienzan a preparar para el fin de año. Los trabajadores comienzan a mirar el verano que se avecina y esperan con ansias las merecidas vacaciones.

En resumen, es quizás la época del año en que aumentan las exigencias y hay mayor cansancio acumulado. En otras palabras, pareciera que no es el mejor momento para inventar actividades extras para alabar a la Madre de Dios.

No obstante, aunque parezca contradictorio, las exigencias que surgen del mes de María, en vez de ser un peso que dificulta continuar en esta dura etapa del año, son un estímulo para sacar lo mejor de nosotros cuando estamos más demandados. María nos anima a entregarle las flores de la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos.

Si hay alguna duda, basta ver que son miles las personas que peregrinaran al San Cristóbal a ver a la inmaculada, o se preparan para ir a Lo VásquezLas muestra de fe y de amor son tan numerosas como diversas.

San Alberto Hurtado decía María mírame. Del mismo modo, el P. Hernán Alessandri (1935 – 2007), sacerdote, teólogo y fundador de María Ayuda, fue un hombre que amó profundamente a María, no solo un mes al año, sino que toda su vida. De ahí recibió la fuerza para entregarse de modo sencillo a todos sin distinción. Estos son solo ejemplos, aunque excepcionales, de chilenos que hicieron de su vida una continua entrega de flores a María. Cada flor es signo del amor a la madre de Jesús y un aporte sincero para construir un Chile mejor.


De este modo, el mes de María es un tiempo en que Dios se hace presente de manera especial en medio nuestro. Sin mucha bulla, Dios se hace presente en el amor de un pueblo a su Madre. La fe viva dice a gritos que en medio de las tribulaciones de esta vida el amor a la madre de Dios es real y es capaz de despertar lo mejor de nosotros, al igual como lo ha hecho con tantos otros. Ella nos invita a levantar la mirada y ponernos en sus manos. En ella, que nos cuida y nos guía, Dios se hace presente de un modo especial, no tan evidente ni tangible, pero no por eso menos real. 


viernes, 31 de octubre de 2014

Los pequeños triunfos

Junto a compañeros de teología estamos jugando en la liga de la universidad y este miércoles ganamos nuestro segundo partido y pasamos a la siguiente ronda. Claramente no se trata de la champions o de la libertadores. Es tan solo un torneo universitario. Aun así la alegría se siente, se disfruta.


Se pueden realizar los análisis y comentarios pertinentes. Nuestro desorden la segunda mitad, el estado de la cancha, la formación, los errores y quizás incluso, criticar al árbitro, por costumbre al menos. Sin embargo, podemos dejar de lado por un momento los análisis y disfrutar de la alegría, alegrarnos con este triunfo bien merecido.

Es fácil ver lo que falta, lo que se puede mejorar. Hablo de la vida en general, aunque en el fútbol esto queda más claro. Pero cuesta, y no sé por qué, reconocer y saborear los triunfos, en especial los pequeños y cotidianos. Llegan a nuestras manos y rápidamente los dejamos irse. No se trata de vivir de las glorias pasadas. Es más bien ver todas las conquistas de nuestra vida y vivir con ellas, que sean nuestras compañeras. Dejar que vayan animando nuestro paso por la vida y que no se nos escapen, pues nos pertenecen.

No estoy hablando solo de los grandes logros, aquellas victorias arduas y difíciles, que nos traen gran alegría y van modelando nuestra vida. Me refiero principalmente de los pequeños triunfos, aquellos tan sencillos que pasan desapercibidos no solo para los demás, sino que para nosotros mismos. Una buena nota, un encuentro familiar bien logrado, algún proyecto apostólico o un éxito laboral. Cada uno puede ver cuáles son sus propios logros.

El caso es que es difícil encontrar a alguien que no tenga logros personales por los que pueda alegrarse. No se trata necesariamente de “haberle ganado a alguien”. No es que la vida sea una competencia constante. Es buscar aquellas metas que, gracias a nuestro esfuerzo, pudiendo no haberlas conseguido, las alcanzamos.

Afortunadamente, no son solo éxitos personales. Hay éxitos grupales, como en el fútbol, donde el aporte de muchos permite un resultado satisfactorio. Así la alegría se comparte, no solo la alegría personal, sino que la alegría comunitaria. Juntos lo logramos. Así se goza aún más.

Ciertamente en nuestro caso, tan solo pasamos a la siguiente ronda, y la copa aún está distante. Hay que ir con calma, sin agrandarse. Pero aun así se puede celebrar y aprender a disfrutar más estos momentos que nos regala la vida. En otras palabras, esto va más allá de mirar el vaso medio lleno, es la apuesta por mirar cada gota que va llenando el vaso, porque cada gota, aunque sea pequeña, suma.

Por eso, ganemos la copa del mundo o ganemos un partido en la universidad, la marraqueta amanece más crujiente. Disfrutemos cada bocado, porque en cada uno está Dios presente, alegrándose con nosotros y ayudándonos a triunfar cada día. Él nos alienta a poner todo de nosotros. Reconozcamos que, como nos gritó en un partido un jugador del equipo rival, “el de arriba nos está mirando”. Invitémoslo a ser parte de este triunfo y a soñar juntos con lo que vendrá. 


miércoles, 15 de octubre de 2014

Verdad y División


A decir verdad, tenía pensado escribir algo acerca de la primavera que llega y que no llega. Sin embargo los últimos acontecimientos no me dejan indiferente. Los medios una vez más tergiversan los hechos y la noticia sobre Ezzati y la supuesta denuncia de los tres sacerdotes es manipulada. Las reacciones fueron diversas. Tardó un poco, pero la verdad salió a la luz y el arzobispado negó haber hecho tal denuncia.

Aun así, con o sin motivos, vino la tormenta. Pese a haber sido iniciada por una información falsa provoco daños significativos. Tristemente, los heridos no son solo los tres sacerdotes en cuestión o el arzobispo de Santiago, sino que la Iglesia, y por qué no, también la sociedad.

Pareciera ser que lo más fácil es tomar una postura como lo hizo Benito Baranda. Junto con ello surgen las más diversas opiniones y calificativos. En el ambiente se escucharon frases como “por fin Ezzati” o “yo soy de Berrios”. Sin embargo, estas posturas solo crean división, discordia. No se trata de olvidar la verdad, sino que buscarla con medios y formas adecuadas, con respeto y caridad.
Esto no es solo una problemática eclesial, refleja cómo hoy en día se buscan soluciones. No siempre hay una búsqueda sincera y desinteresada de la verdad, sino que se pretende imponer cuál es el mejor camino, al extremo que lo importante deja de ser el objeto buscado y lo principal pasa a ser quien lo dice.

Lamentablemente, es fácil olvidar que son estas divisiones las que traen grandes tragedias al mundo. La división hace mal, tanto así que muchas veces ésta persiste sin recordar cuál es su causa. Y de rupturas la historia tiene todo tipo de casos. Pasa en las mejores familias así como ha ocurrido en nuestro país y en el mundo entero.

Afortunadamente, la Iglesia no sabe solo de desaciertos y errores. Francisco dijo al iniciar el sínodo de la familia “que nadie diga: 'Esto no se puede decir; pensarán de mí así o así...'”. Se trata de buscar la verdad juntos. En este caso cómo vivir mejor una verdad que ya poseemos, el mensaje de Cristo. El intercambio cuando es con apertura es conveniente, pero cuando se comienza a descalificar y polarizar se vuelve estéril.

Me parece que la verdad no se impone ni se crea, sino que se busca, y cada tanto hace falta actualizarla, no acomodarla. No es que la verdad cambia, el hombre es el que cambia, por eso la verdad es siempre nueva. Y para esto el diálogo es fundamental. Esto no es nuevo, ya lo dijo Sócrates antes de Cristo, pero se nos olvida con facilidad.

No siempre es sencillo, pero donde hay diálogo y una búsqueda sincera de la verdad está Dios presente y queriendo hablarnos. Cuesta escucharlo, por eso cuando nos ponemos sordos la verdad quiere brillar y es posible enmendar el rumbo, como lo hizo el padre Mariano Puga